Adiós Hanoi

Estándar

No esperaba un recibimiento así. Fue plantar los pies en Hanoi y tener a una madre emocionada colgada de mi cuello. Todo lo que sabía de su hija es que era la primera vez que regresaba a casa, que había pasado años esmaltando uñas en Londres y que estaba aturdida ante la perspectiva del reencuentro. Temía que sus dos maletas se hubieran extraviado en alguna de las dos últimas escalas y, una vez que las tuvo en la mano, era incapaz de caminar dos pasos sin enredarse con ellas.

P1100355Todo lo que hice por ella fue deslizar su trolley fucsia los treinta metros que separaban la cinta de recogida de equipajes de la puerta de salida. Al otro lado esperaba toda la familia.
Aquella madre me miraba con ojos de “vaya, esto sí que es una sorpresa“, y a ella con otros de “y cómo no me habías hablado de él antes“. En éstas, me presenta a su padre que, como su hermano mayor, me escruta como quien sospecha de su contrincante en una partida de mus, mientras otro hermanito, primo o qué sé yo me da vueltas divertido con las orejas tiesas.
El motor del coche de Hien está en marcha, así que decido abandonar la escena y que sea la chica esmaltadora de uñas la que termine de explicarla.
Hien es el conductor de Rachel. Y Rachel es la francesa que dormía a mi derecha desde Doha hasta Bangkok. Rachel se perdió la entrada del boeing 777 en Mumbai, la salida del subcontinente indio sobre las palmeras de Andhra Pradesh, y no pudo jugar a adivinar dónde quedaba Rangún antes de comenzar la aproximación a Bangkok. Es profesora en el colegio francés de Hanoi, tiene dos hijos, está casada con un empleado de banca expatriado, y me ofreció su coche para acercarme al hotel.
Los tres vamos camino del centro de Hanoi, y para cuando cruzamos el río Rojo ya tengo una idea aproximada del árbol genealógico de Hien. Acaba de ser abuelo y eso le anima a dar más detalles. También he aprendido que en vietnamita cerveza se dice bia y arroz  com. Creo que con eso iré tirando.
Mientras sortea las miles de motos que nos atacan, Hien trata de vocalizar mi nombre: ro drrrrri gó, declama con la grandilocuencia con la que un contador de historias asustaría a un niño con el nombre de un dragón de mil cabezas.
La ciudad me recibe ya con los bancos cerrados y con una tormenta que anuncia los monzones del mes que viene. El agua y el gasoil convierten el asfalto en una pista de patinaje sobre la que mis chanclas se deslizan torpemente.
P1100241El old quarter es un enjambre de calles que parecen iguales y cuyos nombres suenan iguales. Nunca hay que subestimar un buen mapa, y más si no tienes ni idea de por dónde andas.
Tras describir con mis pies la traslación de una peonza me encuentra lo que busco: un cruce bia hoi donde degustar la cerveza artesana más barata del mundo.  Allí, sentados en minúsculas sillitas de plástico se reúnen vecinos, amigos, primos o desconocidos. La pasión por una buena cerveza democratiza la sociedad, nos iguala a todos. Es como la playa, en cuya orilla y en bañador cuesta distinguir  al banquero del bancario. Comparto bia y tapas con el núcleo duro del vestuario de un equipo de fútbol local: sức khòe, o sea, salud, y a brindar. Y venga a cerveza por aquí, y venga que te invito yo a otra por allá. Y súc khòe, y más súc khòe. Y que cómo jugáis. Y que , “como buenos vietnamitas, nunca damos un paso atrás”. Entonces, súc khòe otra vez, y así hasta que con buen criterio rehúso irme de karaokes con ellos. 
P1100249Al día siguiente me atrapa una frase en el templo de la Literatura: “Las personas formadas son un tesoro para el pueblo”, reza una leyenda de flores bajo la que posa un grupo de estudiantes recién graduadas, vestidas de impecable seda de colores. “Qué tenga usted un buen viaje, que disfrute de nuestro país”, acierta una a decir en  un inglés primario, como quien se aventura por un camino nunca antes explorado.
P1100364Más tarde, caminando a la altura del número 102 de Pho Hang Bac escucho los acordes de alguna música ritual. Guiado por el oído aparezco en la primera planta de un antiguo edificio colonial francés. En el umbral hay un himalaya de sandalias. Y dentro, descalzos, sentados alrededor de un abigarrado altar, hay como cincuenta familiares arropando a un chaval, que celebra su mayoría de edad. Un sacerdote ofrenda cerveza, tabaco y dólares a Buda. Me invitan a participar, observo un rato sentado en la postura del loto y la abuela del chico me da mil dongs de propina pero, previendo que aquello se puede alargar hasta el día siguiente, opto por despedirme discretamente.
Salgo a la calle y mientras camino hacia el lago Hoan Kiem me doy cuenta de que me he pasado toda mi llegada a Vietnam despidiéndome. Y me da por pensar que la vida es un poco así, que uno está marchándose desde que llega.

 

DATOS PRÁCTICOS

COMO LLEGAR: no hay vuelos directos desde España a la capital vietnamita, pero está bien conectada a través de escalas en Moscú, Doha o París.

SUGERENCIAS: Hanoi no es una ciudad monumental, pero respira una atmósfera mucho más relajada que Saigon. El barrio antiguo y sus mercados merecen ser paseados sin prisas. Los puestos callejeros sirven pho delicioso y cerveza barata. Desde Hanoi se puede enlazar con las montañas del norte, la bahía de Halong o el área de Ninh Binh.

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