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En tierra hmong

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Chi, a la derecha.

Chi, a la derecha.

Atisbar  la silueta de las montañas de Sapa emergiendo entre la niebla es terapéutico.
Tras nueve horas pegando botes en el coche cama que viene de Hanoi; después de lidiar con los comisionistas que controlan la conexión por carretera desde Lao Cai; y de asistir, curva-va-curva-viene, al vómito de dos de los aldeanos que iban enlatados en mi furgoneta, contemplar cómo  los Alpes Tonkineses se asoman al mercado del pueblo mientras desayuno arroz especiado envuelto en una hoja de banano es todo lo que necesito.
En esas estoy cuando aparece Chi.
– “¿Acabas de llegar?”
Delante tengo una mujer menuda y resuelta. Lleva un vestido de cáñamo con ribetes de colores en las mangas, como todas las de la etnia hmong . Recoge su cabello negro y torrencial  bajo un sombrero circular y tiene mirada de búfalo de agua.
– “Sí, y no veo el momento de salir a caminar”, respondo señalando las cumbres que nos rodean.
P1100428– “Entonces vente a Ban Pho”, me espeta sin pestañear. “Es una aldea tan pequeña que no aparece en muchos mapas.  Está al otro lado del valle y, para llegar, hay que atravesar campos de arroz y una cascada. Además no hay turistas”.
– “Hecho”, me desarma su persuasión.
– “¿Te gusta el pollo? ¿lo prefieres con patatas o me dejas cocinarlo a mi estilo?, me pregunta exhibiendo una gran sonrisa.
– “Estoy en tus manos. Tú mandas”, respondo conmovido.
Aún me dedicó otra sonrisa antes de desaparecer culebreando entre los puestos del mercado en busca de nuestra cena. No tarda en regresar con ella. Y nos ponemos en marcha.
De camino, Chi se permite sarcasmos e ironías pero es directa, sin filtros, e irradia fuerza . No flaqueó ni cuando me contó a quemarropa que ya había enterrado a uno de sus cinco hijos: “No tengo problema con la muerte, es parte de la vida”.
Chi, como tantas mujeres hmong, amanece todos los días a las tres de la mañana, cocina para toda la familia y sale a los bancales de arroz a dejarse la espalda de sol a sol.
Aun así, ha guardado energía y lucidez para aprender a chapurrear algo de inglés para apañarse con los turistas cuando baja al mercado, aunque ser guía independiente y hmong no sólo no es fácil, sino que es ilegal en Vietnam.
Las autoridades no respetan a sus minorías étnicas, y eso que le son rentables.  A veces las exhiben como a monos anillados ante los flashes de los turistas. Utilizan su fotogenia como reclamo turístico, y hasta cobran tasas a la entrada de alguna de sus aldeas más trilladas, pero ni los hmong, ni los dao, ni los giay ven un céntimo.
P1100435Además la policía les chantajea impunemente los días de mercado: dame diez dólares o te vuelco tu mercancía. Dame veinte o te la requiso.
Y claro, ni Chi, ni los hmong, ni ninguna de las minorías del noroeste vietnamita quiere saber nada de ningún gobierno ni de ningún Estado.
Su supervivencia es la crónica de una lucha casi mitológica contra dos dragones gigantes: China y Vietnam.
Primero se enfrentaron y huyeron de los han que hace 300 años invadieron sus tierras del sur de la actual China. Más tarde, ya en el siglo pasado, sufrieron las represalias de Vietnam y Laos después de que algunos hmong colaboraran con la CIA  durante la invasión yanqui. Las purgas fueron implacables. Menos de la décima parte de su población sobrevivió. Algunos miles pudieron emigrar como refugiados políticos y hoy viven diseminados por Estados Unidos, Francia, Australia y Canadá. Y los que se han quedado procuran fortalecer sus identidades en torno al comercio, pero eso al Gobierno no le interesa. Su pintoresquismo es una golosa fuente de divisas, pero prefieren que su atractivo sea sólo estético.
La Administración central ha construido colegios cerca de sus aldeas, pero ha prohibido que las minorías se expresen en su idioma. Si no fuera por la tradición oral, los niños lo conocerían todo sobre Ho Chi Minh, pero no sabrían quiénes son ni de dónde vienen. Y eso que sus diferencias son bien visibles.
P1100473Las hmong negro visten en honor a su nombre. Las dao, de rojo. Las giay de verde y añil.  Las flower hmong, de mil colores. Cada etnia cultiva sus propias costumbres y el mestizaje implica el destierro. Viven en aldeas vecinas y cada tribu habla su propio dialecto, aunque todos proceden de la misma raíz chino-tibetana.
Llegar a casa de Chi nos llevó más de veinte kilómetros y casi seis horas de tránsito memorable por cumbres rasgadas de nubes y arrozales fluorescentes.
Su marido Po nos esperaba con el resto de la familia: sus cuatro hijos, los dos perros y un puñado de pollos que entraban y salían estimulados por el picoteo que estaba al caer.
Después llegaron los vinos de arroz y el silencio más rotundo. Y el sueño inapelable bajo una mosquitera. Y luego los truenos y los relámpagos despedazando la noche.
Y uno de esos fogonazos le recordó  a mi conciencia lo que yo ya sentía: que estaba en casa.
*INFORMACIÓN PRÁCTICA
CÓMO LLEGAR: Vuelos de Madrid a Hanoi, con Qatar Airways con escala en Doha y Bangkok, desde 680 EUR. Tren nocturno de Hanoi a Lao Cai (9horas). Y furgoneta desde Lao Cai a Sapa, menos de una hora (100.000 VND).
Si alguien está interesado en pernoctar en casa de Chi le  puedo enviar su teléfono por correo privado.
SUGERENCIAS: Sapa está en el noroeste de Vietnam, en las inmediaciones de la frontera con China. Ban Pho está a unos 15 kilómetros sin rodeos al sureste, en el margen izquierdo del río Muong Hoa
El trekking es sencillo, pero es preciso llevar calzado de montaña, sobre todo en época de lluvias. Parte de Sapa, asciende a la aldea de Sa Seng, transita por las cumbres hasta Thao Hong Den. Desciende hasta el río Muong Hoa y las cascadas de Ta Chai, desde donde se retrocede a Ta Van a través de los campos de arroz hasta volver a cruzar el río y llegar a Ban Pho.
Se puede regresar a Sapa al día siguiente bordeando el río, a través de los arrozales de Lao Chai y Ylinh Ho (más turísticos). También es posible regresar en moto en un corto trayecto de cuarenta minutos.
Hay otro buen puñado de excursiones recomendables alrededor de Sapa: la ascensión al Fansipan (la cumbre más alta de Indochina, con 3142 metros); el sendero a las cascadas de Thac Bac; la visita a otras áreas rurales con diversidad étnica o a los mercados semanales, como el de Bac Ha (a tres horas de Sapa por carretera, los domingos).
Desde Sapa también es posible concertar transporte para conectar con Laos. A China se puede cruzar desde Lao Cai, con visado.

Ucrania, con perdón

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(*) Fragmento de un post escrito en Donestk el 23/06/2012, víspera del España-Francia de cuartos de final de la Euro de Polonia y Ucrania 2012.

España jugará contra Francia en una jaula de cristal. El Donbass Arena es el único estadio de Europa que tiene seis estrellas. Es todo un alarde al servicio de la estética y la propaganda, levantado en el corazón de la región industrial más áspera y deprimida de Ucrania.

463El Gobierno pretende proyectar al mundo la misma imagen que refleja el coliseo de Donestk sobre el lago que tiene justo delante: la de diamante que reluce en la noche. Lo que pasa es que, sacada a la luz, a la joya le faltan demasiadas aristas por pulir.

Cuando hace cinco años la UEFA dio por buena la candidatura del Este, Ucrania aún sonaba a revolución naranja pero, desde entonces, no ha parado de incorporar tics soviéticos. Viktor Yanukovich, nacido en esta región de Donbass, es presidente, oligarca y padrino. Y también es el padre Oleksandr, un dentista del montón que, según Forbes, amasa una fortuna de casi cien millones de euros, y no por lo bien que practica endodoncias.

Después del último pucherazo electoral , Yanukovich encarceló a la líder de la oposición. El delito de la ex primera ministra Yulia Timoshenko había sido firmar un acuerdo sobre gas con Putin que perjudicaba a uno de los principales socios 489del nuevo presidente. La condena de Timoshenko fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de un sector de la población, y también alarmó a algunos líderes occidentales que amagaron con boicotear la Euro en suelo ucranio. El propio Hollande dijo que no vendría. Veremos mañana. 

El primer ministro polaco Donald Tusk ha salido al quite, y ha proclamado solemnemente que “la Eurocopa  de 2012 se organiza para los aficionados al fútbol, no para unos políticos cuya presencia en los estadios es innecesaria”. Pues, ni eso.  Los tentáculos de la corrupción también han alcanzado a la competición, y los aficionados no están siendo ajenos al modus operandi nacional.

467Los hoteles han elevado el precio de sus habitaciones de forma sideral. Una noche en Kiev, de media, vale más de dos sueldos ucranios. Hasta Platini ha puesto el grito en el cielo. Parecen“bandidos y estafadores”, ha dicho. Lástima que el buen francés no haya considerado también desorbitados los precios de la entradas o el coste en tiempo y dinero que supone llegar hasta aquí. Por ejemplo, un español que haya presenciado la primera fase en Gdansk deberá tomar dos aviones, emplear un día y gastar una fortuna para animar en los cuartos de final en Donestk. Casi todos se han dado la vuelta. De hecho, si mañana hay mil camisetas rojas en la grada del Donbass Arena serán muchas.

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La única representación española en el palco del Donbass Arena de Donestk en los cuartos de final fue la del embajador en Ucrania.  Sin embargo, la foto con Casillas en la final de Kiev era más golosa que el hecho de mantener el boicot. Viajaron desde España el presidente Mariano Rajoy y el Príncipe Felipe, entre otros políticos de diferente rango y color.

Desde noviembre de 2013, miles de manifestantes piden en la plaza de la Independencia de Kiev que el presidente se aleje de la influencia del Kremlin. Su europeísmo no es sino una excusa más para protestar por las formas autoritarias de Yanukovich y sus oligarcas. El presidente ha respondido endureciendo las leyes represivas y, desde entonces, las protestas también se han radicalizado. Platini acabó muy contento con la organización de la Euro y no ha vuelto, que se sepa, a fijar su atención en Ucrania.

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El cartero de Mandela

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(*) Fragmento de una entrada escrita en Ciudad del Cabo el 28/06/2010, víspera del España-Portugal de octavos de final del Mundial de Sudáfrica.

Cape Town es una enorme proa de gres zambullida en el mar que los portugueses bautizaron  como cabo de las Tormentas, primero; y de la Buena Esperanza, después.
Ni Bartlomeu Dias ni Vasco de Gama podían imaginar lo proféticas que resultarían siglos después aquellas denominaciones.
La punta imaginaria de esta proa multicolor es Robben Island, un pedazo de tierra circular que emerge del océano para dar testimonio de cómo el hombre puede sobrevivir al hombre.

En ese kilómetro de diámetro vivió encarcelado durante casi treinta años Nelson Mandela.  Él y los demás presos políticos del Congreso Nacional Africano sufrieron las consecuencias de querer ser negro y libre. “Esta es la isla y aquí es donde vas a morir”, escuchó Madiba a modo de bienvenida.
El metódico plan de torturas del apartheid incluía usar el suelo infecto como cama y la misma pileta para asearse, hacer sus necesidades y lavar la ropa. Los presos comían con las manos que las canteras habían desgarrado antes; muchos eran enterrados hasta la cabeza, otros morían ciegos. Algunos intentaron escapar, no porque esperaran alcanzar la costa, sino para que antes un oficial les pegara un tiro y acabara con su agonía.
Los activistas podían ver el litoral desde su infierno. Vivían a sólo media hora en barco pero en otro mundo. Eran torturados y despreciados. Su contacto con el exterior se reducía a una visita de media hora  al año o una carta de 120 palabras cada seis meses. “Me estoy secando como un desierto. Una carta tuya es como lluvia de Primavera”, le escribió Mandela a Winnie en octubre de 1976.
Pero Madiba se las ingenió para sortear aquellos límites. Fue capaz de escribir Long Way to Freedom escondiendo pequeños fragmentos de la obra entre los muros de la cárcel.
Mac Maharaj, de origen indio y preso político como él, se jugó la vida recopilándola en el presidio y distribuyéndola  por la ciudad una vez que fue liberado. Madiba nunca olvidó aquel gesto. Desde lo más profundo de su sentido del humor, lo nombró años más tarde ministro de transportes.

Mandela contrajo tuberculosis durante su internamiento en Robben Island. Todos los problemas pulmonares que sufre desde entonces son consecuencia de aquellos años.

Maharaj ahora es el portavoz del Gobierno sudafricano del presidente Jacob Zuma.

“Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, su origen o su religión. Si la gente ha aprendido a odiar, puede también aprender a amar. El amor llega más naturalmente al corazón humano que su contrario”

(Nelson Mandela)

Adiós Hanoi

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No esperaba un recibimiento así. Fue plantar los pies en Hanoi y tener a una madre emocionada colgada de mi cuello. Todo lo que sabía de su hija es que era la primera vez que regresaba a casa, que había pasado años esmaltando uñas en Londres y que estaba aturdida ante la perspectiva del reencuentro. Temía que sus dos maletas se hubieran extraviado en alguna de las dos últimas escalas y, una vez que las tuvo en la mano, era incapaz de caminar dos pasos sin enredarse con ellas.

P1100355Todo lo que hice por ella fue deslizar su trolley fucsia los treinta metros que separaban la cinta de recogida de equipajes de la puerta de salida. Al otro lado esperaba toda la familia.
Aquella madre me miraba con ojos de “vaya, esto sí que es una sorpresa“, y a ella con otros de “y cómo no me habías hablado de él antes“. En éstas, me presenta a su padre que, como su hermano mayor, me escruta como quien sospecha de su contrincante en una partida de mus, mientras otro hermanito, primo o qué sé yo me da vueltas divertido con las orejas tiesas.
El motor del coche de Hien está en marcha, así que decido abandonar la escena y que sea la chica esmaltadora de uñas la que termine de explicarla.
Hien es el conductor de Rachel. Y Rachel es la francesa que dormía a mi derecha desde Doha hasta Bangkok. Rachel se perdió la entrada del boeing 777 en Mumbai, la salida del subcontinente indio sobre las palmeras de Andhra Pradesh, y no pudo jugar a adivinar dónde quedaba Rangún antes de comenzar la aproximación a Bangkok. Es profesora en el colegio francés de Hanoi, tiene dos hijos, está casada con un empleado de banca expatriado, y me ofreció su coche para acercarme al hotel.
Los tres vamos camino del centro de Hanoi, y para cuando cruzamos el río Rojo ya tengo una idea aproximada del árbol genealógico de Hien. Acaba de ser abuelo y eso le anima a dar más detalles. También he aprendido que en vietnamita cerveza se dice bia y arroz  com. Creo que con eso iré tirando.
Mientras sortea las miles de motos que nos atacan, Hien trata de vocalizar mi nombre: ro drrrrri gó, declama con la grandilocuencia con la que un contador de historias asustaría a un niño con el nombre de un dragón de mil cabezas.
La ciudad me recibe ya con los bancos cerrados y con una tormenta que anuncia los monzones del mes que viene. El agua y el gasoil convierten el asfalto en una pista de patinaje sobre la que mis chanclas se deslizan torpemente.
P1100241El old quarter es un enjambre de calles que parecen iguales y cuyos nombres suenan iguales. Nunca hay que subestimar un buen mapa, y más si no tienes ni idea de por dónde andas.
Tras describir con mis pies la traslación de una peonza me encuentra lo que busco: un cruce bia hoi donde degustar la cerveza artesana más barata del mundo.  Allí, sentados en minúsculas sillitas de plástico se reúnen vecinos, amigos, primos o desconocidos. La pasión por una buena cerveza democratiza la sociedad, nos iguala a todos. Es como la playa, en cuya orilla y en bañador cuesta distinguir  al banquero del bancario. Comparto bia y tapas con el núcleo duro del vestuario de un equipo de fútbol local: sức khòe, o sea, salud, y a brindar. Y venga a cerveza por aquí, y venga que te invito yo a otra por allá. Y súc khòe, y más súc khòe. Y que cómo jugáis. Y que , “como buenos vietnamitas, nunca damos un paso atrás”. Entonces, súc khòe otra vez, y así hasta que con buen criterio rehúso irme de karaokes con ellos. 
P1100249Al día siguiente me atrapa una frase en el templo de la Literatura: “Las personas formadas son un tesoro para el pueblo”, reza una leyenda de flores bajo la que posa un grupo de estudiantes recién graduadas, vestidas de impecable seda de colores. “Qué tenga usted un buen viaje, que disfrute de nuestro país”, acierta una a decir en  un inglés primario, como quien se aventura por un camino nunca antes explorado.
P1100364Más tarde, caminando a la altura del número 102 de Pho Hang Bac escucho los acordes de alguna música ritual. Guiado por el oído aparezco en la primera planta de un antiguo edificio colonial francés. En el umbral hay un himalaya de sandalias. Y dentro, descalzos, sentados alrededor de un abigarrado altar, hay como cincuenta familiares arropando a un chaval, que celebra su mayoría de edad. Un sacerdote ofrenda cerveza, tabaco y dólares a Buda. Me invitan a participar, observo un rato sentado en la postura del loto y la abuela del chico me da mil dongs de propina pero, previendo que aquello se puede alargar hasta el día siguiente, opto por despedirme discretamente.
Salgo a la calle y mientras camino hacia el lago Hoan Kiem me doy cuenta de que me he pasado toda mi llegada a Vietnam despidiéndome. Y me da por pensar que la vida es un poco así, que uno está marchándose desde que llega.

 

DATOS PRÁCTICOS

COMO LLEGAR: no hay vuelos directos desde España a la capital vietnamita, pero está bien conectada a través de escalas en Moscú, Doha o París.

SUGERENCIAS: Hanoi no es una ciudad monumental, pero respira una atmósfera mucho más relajada que Saigon. El barrio antiguo y sus mercados merecen ser paseados sin prisas. Los puestos callejeros sirven pho delicioso y cerveza barata. Desde Hanoi se puede enlazar con las montañas del norte, la bahía de Halong o el área de Ninh Binh.

Siria, antes de la guerra

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Exhausto, con el polvo adherido a la piel y la brisa de la cumbre del monte Qasioun acariciando su rostro, el Profeta se asomó sobre Damasco. “Sólo atravesaré una vez la puerta del Paraíso, y no será en este mundo”, masculló ante la belleza de aquella ciudad que se desparramaba a sus pies.
Puede que Mahoma sea el único que no haya querido atravesar las murallas de la ciudad habitada más antigua del mundo, porque Damasco exhibe en sus cicatrices la genealogía de más de 2000 años de invasiones, guerras santas y resistencias heróicas.
La capital de la República Árabe de Siria no se entendería sin esa dialéctica de muertes y renacimientos; ni la historia de la Humanidad habría sido la misma sin la influencia de sus desgracias.
IMG_0002Las piedras que ahora caen bajo las bombas han moldeado algunos de los templos paganos, sinagogas, iglesias y mezquitas más veneradas del mundo.
Por sus calles han desfilado romanos y bizantinos; omeyas y cruzados; otomanos y colonos europeos. Y Damasco siempre ha resurgido gracias a la fortaleza de sus hijos, que ahora se matan o se buscan bajo los escombros.
La Damasco que a mi me enamoró reflejaba en su luz el ardor del desierto de agosto.
Los souks impregnaban a la tarde de aromas a nuez moscada, cilantro y cardamomo. Sabía a granada, a shawarma y a baklawa.
Sus minaretes rasgaban el cielo hasta romperlo en mil oraciones: ” Allahu Akbar, Ashhadu an la ilaha illa Llah, shhadu anna Muhammadan Rasulu Llah”.
Recuerdo los atardeceres desde mi balcón del hotel As Salaam, con las últimas luces del día alumbrando el barrio de Salihiya, última morada de Ibn Arabi, murciano, filósofo, poeta y viajero.
¿Dónde habita la sabiduría que perdimos con el conocimiento?
Saliva cuya miel he probado
Luna revelada, con las mejillas cubiertas
del rojo atardecer
 
IMG_0004Y recuerdo la omnipresencia de Bachar al Asad, hijo de Hafez, mirándolo todo desde cualquier parte, con aire solemne, tímido y paternal. Seguro del mandato divino que le había otorgado el golpe de estado de su padre.
Entonces había quien lo veía como  un reformista, y había quien prefería no mencionar su nombre. La trincheras eran invisibles, pero ya estaban cavadas.
En aquel verano los soldados iban cogidos de la mano, el viernes bien temprano, camino de la terminal de Baramke para pasar su permiso en casa.
Aquellas estaciones siempre ofrecían alguna posibilidad de llegar a cualquier parte:
Al sur, a Bosra, nabatea y romana, capital de Arabia durante el Imperio. Con su teatro-ciudadela, centro cultural de Trajano y baluarte defensivo musulmán que los cristianos nunca pudieron tomar.
Allí, mucho antes de las cruzadas, en un sinuoso callejón de basalto de la ciudad vieja, un tal Abu Talib detuvo su caravana viniendo de la Meca. Dejó a su sobrino, de no más de 12 años, a cargo de los camellos, pero ambos fueron invitados a hospedarse en la celda de un monje cristiano.
Cuenta la tradición que en ese encuentro aquel niño llamado Mahoma abrazó el monoteísmo, y que aquel monje, de nombre Bahira, le auguró que sería el Profeta.
Quisiera creer que el viejo Ahmed, como en aquel verano de 2005, sigue guardando las llaves de ese monasterio; de la mezquita de Omar, quizá la más antigua del mundo; y de lo que queda de la vieja basílica, cuya planta sirvió de inspiración para levantar la de Santa Sofía en Estambul.
IMG_0001Al este, los destartalados autobuses de Izla o Karnak conectaban Damasco con las llanuras ocres e infinitas que conducen al Eúfrates, a Irak y, antes, a Palmyra, la capital del Imperio que levantó una de las primeras revolucionarias de la Historia: Zenobia, que se rebeló contra romanos y sasánidas hasta dominar toda Asia Menor.
Ahora  la tercera maravilla de Oriente Medio, junto a las pirámides de Giza y Petra, está en peligro: el pillaje campa a sus anchas por todo el yacimiento.
Al oeste, cualquier furgoneta podía llevarte a Maalula, reducto cristiano del Antilíbano, donde aún se habla el arameo y donde no era difícil encontrar peregrinos de cualquier credo postrarse ante los iconos ortodoxos de Santa Tecla y San Sergio.
Y al norte, a Hama, con sus norias gimiendo sobre el Orontes; a Homs y su Crac de los Caballeros, la fortaleza templaria que dominó el paso Beirut-Damasco-Jerusalén hasta caer a manos de Saladino; y a Alepo, parada legendaria de la Ruta de la Seda.
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Hama tenía fama entre los viajeros de ser la ciudad con más encanto, limpia, ajardinada y barata de toda Siria. Y una de las más hospitalarias. Allí compartí te, shisha y backgamon, invitado a una boda sin novia (las mujeres la celebraban en una fiesta paralela). Sin embargo para los Asad, Hama siempre fue sospechosa de fundamentalista o de revolucionaria. Hace 30 años el papá de la criatura mató a 25.000 habitantes y destruyó parte de su patrimonio para reprimir una revuelta islamista. El viejo Hafez estararía complacido si viera cómo su vástago, que iba para oftalmólogo, prolonga las costumbres familiares.
Homs es hoy una escombrera que huele a metralla. El Crac, gótico y desafiante, resiste sólo azotado por el viento. Y Alepo agoniza. Fue centro de convivencia de todas las etnias y religiones de Oriente Medio, y albergaba los zocos más kilométricos y laberínticos del mundo. Ahora  los combates la han convertido también en la ciudad más bombardeada. Un tercio de su patrimonio está destruido, incluido el caravasar Dar Zamaria donde me alojé.
Temo que la Damasco que yo conocí ya no exista, igual que yo tampoco encontré la que nos contó Colin Thubron.
Pero pervivirá la energía vibrante de los damascenos que iban y venían por el zoco de Hammidiyya, con sus aguadores, su regateo, sus heladerías, sus tiendas de lencería  o de coranes, y su luz filtrada a través de los disparos que aún recordaban en el techo las batallas que libraron hace un siglo los insurgentes panarábigos contra la dominación francesa.
Perdurarán en mi memoria las horas muertas escuchando en el Al Nafura a Abu Shady, el último hawakaty, con sus pantalones anchos, su chaleco y su fez, contando monocorde sus cuentos y aporreando con su espada una mesita de cobre  para que el humo del narguile no disipara la atención de sus mil y una noches; los paseos bajo las parras y bajo el arco que marcaba el inicio de la Vía Recta y el barrio cristiano, con hornacinas, cruces y esquelas en las puertas, como en las comunidades de antes, y con sus criptas bajo cada casa, como la de Ananías, que sirvió de refugio a Pablo de Tarso, antes de ser san Pablo, para esconderse de los judíos que querían matarlo por predicar la palabra de Jesús en las sinagogas de la ciudad.
IMG_0003Recordaré aquella hospitalidad proverbial, taza de té mediante, en cualquier momento y lugar: junto a la fuente de un patio frondoso o en la trastienda de una antigua medersa, como la que había junto a la mezquita de Suleiman, en la que se inspiró Sinan, para proyectar después la mezquita azul de Estambul.
Y no olvidaré su fervor, ahora desatado y cainita. Antes, evocador y desbordante en sus mezquitas.
En el barrio chií, en la de Sayyida Zainab, nieta de Mahoma, de estilo y costumbres iraníes;  en la de Ruqayya, nieta de Hussein, también financiada por Irán, pero de estilo pakistaní.
Y, por supuesto, en la Mezquita Omeya, matriz de la de Córdoba, levantada sobre el templo de Júpiter, y cuarto lugar más sagrado del Islam.
A la sombra de los pórticos del patio central, un iman chií llamado Ali salió a mi encuentro.
-“Bienvenido, ¿de dónde vienes?; ¿tienes hijos?;Si no, deseo que los tengas, inshallá…”.
Y siguió:
-“Estamos en un lugar único, ¿me permites que te lo muestre?”. Y así fue.
En la nave central se exponía la cabeza de Juan Bautista, respetado y venerado también por el Islam.
Y escondida en una esquina se conservaba otra cabeza decapitada, la de de Hussein de Kerbala, el hijo de Ali y Fátima, y nieto del Profeta Mahoma, martirizado en Irak por los omeyas hace más de 1400 años.
A su alrededor se agolpaban centenares de fieles que lloraban desconsolados mientras cantaban y se golpeaban con dureza la cabeza y el pecho. Celebraban la Ashura, y viendo su vehemencia nadie diría que todo aquello había pasado hace tanto tiempo. Aunque, en el fondo, sus lamentos son muy actuales, porque para la comunidad chií Hussein es el mártir que se enfrentó a los tiranos y a la corrupción que pervertía el mensaje del Corán.
En el exterior unos mosaicos bizantinos representaban el Edén. Y por encima, ya mirando al cielo, sobrecogían tres minaretes.
Los damascenos cuentan que un día Jesús de Nazaret será el muecín que se asome desde el más alto. Según la leyenda no llamará a la oración, sino que anunciará el final de los días. Y dicen que si asciendes entonces al monte Qasioun tu alma estará a salvo.
El aviso llegará tarde para los cien mil sirios que ya se han dejado la vida en esta guerra.
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Uyuni, donde la razón no entiende

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Transamérica 11 406Un océano de sal abrazado por colosos de magma. Un espejo de agua que refleja colores que sólo hemos visto en sueños. Una inmensidad de luz que te abruma y empequeñece. Algo así es el salar de Uyuni, quizá el rincón más onírico de la Tierra, quizá el único lugar donde la mente no puede aferrarse a nada que reconozca, porque las islas no son islas, son volcanes de piedra; el mar que las rodea no es de agua, es de litio y de potasio; y su litoral no crece desde abajo, sino  que araña el cielo desde sus casi cuatro mil metros de altura.
Quizá por estar tan cerca de los dioses, al salar sólo le cabe una explicación mitológica. Los aymaras creen que los volcanes Cosuña, Coracora y Chillima pretendieron a la bella Tunupa. El dios Cosuña llegó a engendrarla un hijo, pero tantas fueron las intrigas por culpa de los celos y sus infidelidades, que la pachamama también convirtió a Tunupa en montaña, de cuyo pecho derramó la leche que hoy tiñe al salar.
Transamérica 11 457La enorme mancha blanca está casi deshabitada, todo su contorno natural tiene el tamaño del Líbano y, según la estación, puede inundarse o alcanzar temperaturas polares, por lo que no conviene aventurarse por ella sin un plan. El tránsito por su interior no es cómodo ni sencillo, pero es memorable.
Todo empieza al oeste del salar, en la ciudad de Uyuni, que ha crecido al abrigo de los mochileros que buscamos guardar en la retina las imágenes que antes nos han empujado hasta aquí. Las avenidas, desproporcionadamente amplias, parecen proyectos olvidados por Arturo Soria en un cajón, y rebosan de agencias y buscavidas de todos los pelajes que dicen ofrecer las mismas rutas, aunque con diferentes precios. Pero aquí la letra pequeña no la marcan las cláusulas de un contrato, sino los intangibles de la propia aventura.
El invierno austral regala cielos de un azul inverosímil y temperaturas que el mercurio deja de registrar. Por eso el hielo es el que marca la hoja de ruta, o el que directamente la cancela. La naturaleza es implacable, aunque el ser humano, también. Dan fe de ello una docena de calavéricos trenes olvidados a la salida de la ciudad, hoy sólo frecuentados por las tormentas de arena, las alpacas y los gringos. Un día Chile decidió interponerse entre Bolivia y el mar, y ahí descarriló el progreso.
Colchani es la primera parada para el guiri y la última para los mineros. Aquí ellos cortan la sal en bloques cuadrados y le añaden yodo para el consumo humano a treinta céntimos por cada cincuenta kilos, y allí nosotros nos abandonamos definitivamente al infinito, los contrastes y las ilusiones ópticas.
Transamérica 11 408Avanzamos sin conciencia de espacio ni de tiempo. Las perspectivas engañan. Unos tragos mantienen el cuerpo a tono. Y, de pronto, emerge la isla de Incahuasi, una extravagancia de basalto adornada por enormes cactus casi milenarios. De nuevo la mente acecha: “Si esto no es una isla y eso no es un océano, ¿en qué planeta hemos aterrizado?”. La respuesta ondea en lo más alto de la isla: la bandera de Bolivia resiste el azote del viento.
La tarde cae a plomo y los dos hoteles de sal que hay por la zona están llenos. Acabamos en San Juan, una pequeña comunidad indígena que parece dormir a oscuras. Nos resguardamos en un albergue de adobe y uralita. Descubrimos que el frio puede llegar a doler. La sopa de quinua no lo atenúa. Y allí estamos Iván, Jeremy, Thomas, Carmen, Matthew y yo preguntándonos dónde demonios se habrá metido Edgar. Edgar es nuestro conductor. Y como para muchos aymaras y quechuas de la zona, el turismo le ha brindado una segunda oportunidad. Transportar viajeros le reporta menos dinero pero más seguridad que pasar fardos de cocaína a través de la frontera con Chile. Y las prisiones del altiplano no son lugares que uno añore. El caso es que Edgar está en el mismo sitio que el resto de la aldea. Esta es la noche de Santiago y hay fiesta, quizá la fiesta más inesperada de mi vida.
Todo el pueblo está en la única casa con luz. En un extremo pincha cumbia un dj traído de Potosí. En el otro los cholos le ofrendan al tío (deidad precolombina en la que los conquistadores creyeron ver al demonio), hojas de coca, tabaco y alcohol. Un poco para el tío, un poco para mí. Otro poco para el tío, otro poco para mi. Y así, hasta que no queda un cholito sobrio. Nuestros anfitriones sacuden su cuerpo arrítmicamente. Beben chicha de choclo y alcohol potable de 96 grados. Nos abrazan, nos agitan, nos bendicen. Viene uno: “Bienvenido amigo, bebe conmigo”. Viene otro: “Te conozco. Sé que eres un narco, largo de aquí ya”. Y así hasta que los incombustibles bailarines del altiplano empiezan a batir y condensar bajo sus botas la arena del suelo con el orín y los vómitos de la concurrencia. De repente, una de esas mujeres andinas de mantilla y bombín se remanga la pollera junto al umbral y alguien responde a su invitación a la vista de cualquiera. La atmósfera se densa. La altitud, el alcohol y los vatios martillean la sien. La fiesta se alarga como si no hubiera un mañana. Pero sí había uno, y vino Transamérica 11 453puntual a buscarnos a todos menos a Edgar, que seguía dormido y borracho cuando el sol ya estaba en lo alto. Después de despertarlo y encontrarle las llaves del coche nos ponemos en marcha. Nosotros tuvimos suerte, el otro conductor que paró en San Juan aquella noche puede que siga aún empinando el codo.
El tiempo es más relativo aquí que en ninguna otra parte. Lo que iban a ser tres días de travesía se convirtieron en cuatro gracias al azar, el hielo y las averías.
Cuatro días entre vicuñas, flamencos y volcanes de seis mil metros. Casi cien horas encendidos y fuera de cobertura; sin electricidad, pero con sol y estrellas; sin calor, pero con geyseres en ebullición; sin agua corriente, pero con fuentes termales que brotan de las heridas de la tierra.
Y así, bordeando lagos que el cobre, el magma y las algas han pintado de colores, nos postramos ante su majestad el Licancábur. Antiguamente los arrebatos de furia de este gigante marcaban la vida de los quechuas, ahora sólo es testigo del paso entre Bolivia y el oasis de Atacama, ya en Chile.
El salar, los volcanes y sus lagunas evocan mitos y leyendas ancestrales, pero su presente es más prosaico. Sus entrañas contienen más de la mitad de las reservas mundiales de litio. Y esa puede ser la salvación energética del planeta o la mayor amenaza para todos los que habitan este rincón del mundo desde que la Tierra es Tierra.

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DATOS PRÁCTICOS

CÓMO LLEGAR: Uyuni es la puerta de entrada desde Bolivia a toda la reserva. Desde Chile se puede acceder desde San Pedro de Atacama. Uyuni está a 560 kilómetros de La Paz, que se pueden completar en tren (10 horas) o en bus (11 horas). También se puede llegar desde la histórica Potosí, a 200 kilómetros, a través de una pista de tierra que quizá ya esté asfaltada (5 horas).
SUGERENCIAS: En Uyuni hay docenas de agencias para contratar las rutas. Ninguna puede garantizar que todo salga según lo previsto, pero conviene comparar precios y, si es posible, elegir la que revierta más sus ganancias en la economía de las comunidades locales.
La mejor época para visitar el salar es de mayo a noviembre por ser la estación seca, aunque de junio a septiembre puede nevar y hacer frío extremo. Entre enero y marzo el salar se inunda y puede ser peligroso.

Los hadzabe

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Cazadores hadzabe.

Cazadores hadzabe del noroeste de Tanzania.

Para encontrar a los hadzabe en la estación seca hay que tragar polvo. La última etnia cazadora-recolectora de África se mueve por la zona más árida del valle del Rift, entre el lago Eyasi y el valle de Yaeda, en el norte de Tanzania.

No hay más forma de llegar a ellos que aventurarse por tortuosas pistas de piedra y tierra que desaparecen cuando llueve. Es una zona extremadamente agreste, no apta para la vida humana, salvo que no hayas perdido los hábitos y costumbres de sus primeros moradores, los que nos dieron origen a todos hace cientos de miles de años.
También hay que tener suerte, porque los hadzabe son nómadas y levantan sus asentamientos con frecuencia.
Por ejemplo, si alguien cae enfermo y muere, asocian el mal con el lugar donde se contrajo, así que se echan sus arcos al hombro y buscan otras acacias y otros baobabs donde acampar. No tienen más propiedades ni apegos. Viven en la tierra y de la tierra. Se sienten libres.
Los hadzabe habitan en arbustos o, como mucho, tejen una suerte de nidos terrestres con las ramas y cortezas que tienen a mano.
Se comunican chascando la lengua como los bosquimanos del Kalahari, se visten con pieles curtidas y se adornan con collares de semillas. Tienen la intuición de un chacal y el ingenio de un babuino. Saben vislumbrar los peligros y conocen su medio.
Mujeres hadza buscando ratas para el almuerzo.

Mujeres hadza buscando ratas para el almuerzo.

Con las primeras luces del día se reúnen en pequeños grupos de cuatro o cinco. Por aquí, los jóvenes cazadores tensando sus arcos con ramas de kongolo; por allí algunas mujeres fumando cannabis antes de salir en busca de alimento; y, revoloteando alrededor, niños que miran curiosos mi curiosidad.

Es una visión onírica. Delante tienes a seres tan contemporáneos como tú y como yo, pero nuestro imaginario les asocia con lo que nos contaron de los primeros homo sapiens.
Todos los misioneros cristianos que quisieron evangelizarlos pincharon en hueso. Todas las maniobras de todos los gobiernos por censarlos y controlarlos han sido en vano. Los hadza se muestran orgullosamente incivilizados, no sedentarizados ni sujetos a ninguna lógica deshumanizadora.
Conforman una sociedad igualitaria que cada día repite la misma liturgia.
Las mujeres recolectan. Buscan tubérculos, larvas de insectos, miel o frutos de baobab. Y cavan hoyos junto a las madrigueras en busca de ratas.
Los hombres cazan. Salen con el sol, y caminan con sus perros famélicos en busca de todo lo que respire.

Joven arquero hadzabe con su presa.

Untan la punta de alguna de sus flechas con sabia de kudu, altamente tóxica, por si encuentran un animal grande. Cuando hay suerte, toda la comunidad se traslada durante días al lugar donde yace el cadáver hasta que acaban con él.

Esta mañana el más joven de los arqueros sólo ha podido ensartar un par de flechas a algunos pájaros que eran todo huesos. Después los han engullido casi sin pasar por el fuego, con plumas y todo.
También son carroñeros. Una mujer ha descubierto tras un matorral los restos de unas vísceras dejadas por otro animal saciado durante la noche, y no ha dudado en tomarlas como guarnición.
Y es que los hábitos alimenticios de la tribu han cambiado, y para mal.
Hasta hace medio siglo su etnia campaba a sus anchas por el Ngorongoro.
Comían antílopes, cebras, impalas y todo lo que ofrecía uno de los lugares de vida salvaje más desbordante del planeta.
Con la instauración de los parques nacionales se acabó la fiesta. Los hadza fueron desterrados sistemáticamente de todos los lugares que ocupaban. Hace sólo seis años el Gobierno tanzano alquiló 6.500 kilómetros cuadrados para que la familia real de los Emiratos Árabes luciera chilaba e hiciera deporte matando animales salvajes que luego nadie comía.
Hoy los hadzabe están en peligro de extinción.
Dice el arqueólogo, naturalista y escritor Jordi Serralonga que sólo quedan unos 400, diseminados en comunidades de unos veinte miembros.
Y su mayor amenaza ya no son los grandes predadores, ni el afán aniquilador de algunos gobiernos.
Ahora el peligro que pone en riesgo su existencia no tiene cara ni ojos, pero sí tentáculos invisibles: el turismo.
Su atavismo atrae cada vez a más viajeros. Con ellos, a veces, llegan los dólares. Y con los dólares, el consumo.
Algunos hombres hadza han descubierto el alcohol en los mercados de otras etnias, y han pagado por mantener relaciones sexuales con otros hombres y mujeres de otras tribus. Así han brotado enfermedades de transmisión sexual que antes no conocían y que, en una comunidad del África remota, son mortales. ¿Cómo sobrevivir? Hay un proverbio hadzabe que dice el futuro es el pasado.

INFORMACIÓN PRÁCTICA

*CÓMO LLEGAR: La localidad con el aeropuerto más cercano es Arusha (Kilimanjaro International Airport). Qatar Airways y Fly Emirates vuelan a partir de 800 euros con escala en Doha y Dubai respectivamente. También hay conexiones con KLM vía Amsterdam o Egiptair, vía El Cairo. Desde Arusha hay que tomar la A-104 con dirección al lago Manyara y, desde ahí, al lago Eyasi.

*SUGERENCIAS: Es necesaria la ayuda de un guía local para localizar los asentamientos nómadas. El acceso sólo es posible con vehículos 4×4 o con camiones especialmente preparados. Conviene llegar al amanecer para salir a cazar con ellos. Desde España, agencias especializadas como Kananga pueden incluir una visita a los hadzabe dentro sus recorridos overland por Tanzania.

Crece la hierba en Camboya

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Es la primera vez que el tipo que tengo delante me confiesa haber matado a otros hombres. Y nadie lo diría al verle con esa amplia sonrisa franca y generosa y esos ojos que no dejan de velar por mi bienestar.  La tele del merendero de palma donde estábamos comiendo está reponiendo un documental. De repente aparece  un jovencísimo Pol Pot, con pose de caudillo emergente y anacrónico. Pros  me mira y escenifica con sus manos el movimiento de una ráfaga de disparos.  “¿Tú también has disparado?”, intervengo señalando alternativamente la tele y el improvisado fusil que dibujan sus manos. “Claro que he disparado”, asiente. ” Y mucho. He matado a mucha gente”, añade con la naturalidad y el aplomo del que lo volvería a hacer. Desplazo mi atención del té que compartimos para clavar mis ojos en los suyos. Así me quedo un rato. Creo que busco un rastro de pena, algún matiz que suavice su revelación, pero no asoma en su mirada un atisbo de arrepentimiento.

P1120002Pros y yo sólo llevamos un par de días recorriendo juntos los templos de Angkor  en su tuk tuk, pero ya nos apreciamos. Quedamos al alba y nos despedimos con el sol ya camino de otras latitudes. No me llevó ni un minuto saber que era de fiar. Y no tardé ni cinco en tenerle afecto. Ahora lo admiro, porque una cosa es leer acerca de un exterminio, otra sufrirlo, y otra combatirlo para sobrevivirlo.
Tiene cinco hijos y ya peina canas, y como casi todos los que peinan canas en Camboya no sabe leer ni escribir, porque Pol Pot le arrancó de la escuela 24 horas después de instaurar su régimen de terror.
El Hermano Número 1 cerró los colegios y los hospitales. Prohibió la moneda y el comercio. Abolió la religión y persiguió cualquier manifestación artística. Voló los puentes y sembró de minas las fronteras para disuadir a los escapistas del horror. Y declaró enemigos del Estado a los habitantes de las ciudades. Dio tres días de plazo para vaciar todos los núcleos urbanos y desgajó con meticulosidad cada familia. Querer a tus hermanos estaba prohibido. El único afecto obligatorio era el que te vinculaba al Estado. Así que cada niño fue enviado a un campo de trabajo diferente, lo más distante posible de su familia, y en severas condiciones de malnutrición. Pros, que era de Phnom Penh, acabó en los arrozales del norte, y no volvió a ver a sus padres.
Pol Pot marcó la línea de un vacío generacional. En Camboya no quedan viejos, ni durante años ha habido maestros, abogados ni médicos. El conocimiento estaba bajo sospecha. Era contrarrevolucionario. La lógica de su Estado paranoide preveía la pena capital para cualquiera sospechoso de ostentar algún saber:  hablar otro idioma, llevar gafas o tener las manos suaves eran inconcebibles indicios de cultura que conducían a la tortura y a la muerte.
Según sus criterios, el propio Pol Pot debería haber sido ajusticiado varias veces porque había sido formado en el budismo, estudió en la Sorbona, fue profesor  y hablaba francés.
Centro de detención y tortura de Tuol Sleng. Phnom penh.

Centro de detención y tortura de Tuol Sleng.

En aquel 1975, año cero de los jemeres rojos, había ocho millones de camboyanos. Sólo cinco millones sobrevivían tres años y nueve meses después. Y hoy siete de cada diez tienen menos de treinta años. Así que Pros es casi una rareza.

Tuvo que empuñar un M16 cuando aún era un crío. Deshidratado y mal alimentado, a duras penas aguantaba las marchas por la selva con sus cinco kilos de peso al hombro. Pero “tenía que hacerlo”, como tuvo que aceptar a los vietnamitas, enemigos históricos, como aliados en su lucha contra la barbarie.
En aquellos tiempos cada camboyano vivía con un cuenco de arroz al día. Cualquier argucia para arañar otro puñado acarreaba la pena de muerte. La tuya, y la de todos tus familiares, incluidos los bebés. Así evitaban los jemeres rojos enfrentarse años después a desairados adolescentes  con afán de venganza. Y así, producto del miedo y la necesidad, se propagó el canibalismo.
La Phnom Penh que ya no vio Pros se vació de vida y se llenó de precadáveres. La escuela católica de Tuol Svai Prey se convirtió en el centro de detención y tortura S 21. Las antiguas aulas se llenaron de presos de cualquier edad y condición. Sobre algunos pesaba una orden de arresto por el motivo más peregrino. Otros eran delatados por sus propios familiares o vecinos al ser torturados.  Otros, sencillamente pasaban por ahí. Como luego reconoció el carcelero Him Huy: “Es mejor arrestar erradamente que liberar erradamente”.
Cuando el preso traspasaba el umbral de alambre de la entrada perdía cualquier derecho sobre si mismo. Tenía prohibido hablar, pensar o dolerse cuando recibía latigazos y descargas eléctricas.
Los seis supervivientes del S21.

Los seis supervivientes del S21.

Por el centro de interrogación pasaron casi 15.000 desgraciados. Poco más de 200 fueron absueltos. Sólo seis adultos sobrevivieron. ¿Su mérito? Tener conocimientos de fotografía para ilustrar el inventario de horrores que los soldados perpetraban.

La prisión, hoy Museo del Genocidio Tuol Sleng, alberga en sus galerías el retrato y la cronología de torturas de cada mártir: ancianos, estudiantes, mujeres y bebés. Algunos miran horrorizados al objetivo. Otros, gente del campo, hasta sonríen. Seguramente era la primera vez que posaban ante una cámara. Y la última.
El que no moría en Tuol Sleng era trasportado como ganado 15 kilómetros más allá, al campo de exterminio de Choueng Ek.
El árbol del exterminio de bebés.

El árbol del exterminio de bebés.

Allí la muerte alcanzó dimensiones industriales. Los soldados mataban de día y de noche. Hacían turnos para que su productividad no decayera. La luz nunca se apagaba. Los altavoces escupían himnos revolucionarios las 24 horas del día para ahogar el estruendo de los disparos.  Aunque, como la munición era cara, muchas veces  ajusticiaban a los reos a golpes con lo que tuvieran más a mano: desde una estaca a cualquier apero de labranza. Con los bebés era más sencillo: los agarraban de las piernas y golpeaban su cabeza contra un árbol.

Así aniquilaron a 20.000 personas, que luego yacían adunadas en fosas comunes que se quedaban pequeñas. Cuando los vietnamitas liberaron el campo encontraron un espectáculo dantesco: en su proceso de descomposición, los miles de cadáveres amontonados liberaron gases que abultaron la superficie hasta quebrarla. Entonces la tierra empezó a vomitar restos humanos que caían por todas partes impregnando de un hedor descomunal a varios kilómetros a la redonda.
Occidente calló porque era cómplice. Pol Pot nunca hubiera alcanzado el poder si Estados Unidos no hubiera bombardeado el este de Camboya durante los años anteriores a su desfile triunfal por Phnom Penh. Sobre las aldeas fronterizas con Vietnam cayeron el equivalente a cinco hiroshimas que mataron a  un millón de campesinos. Nixon y Kissinger no perdonaban la neutralidad de Camboya durante la invasión de Vietnam. Y la destrucción que sembraron fue el caldo de cultivo idóneo para que germinara el maoísmo radical de los jemeres rojos, que hasta ese momento no tenían ningún arraigo social.
P1110587Luego Reagan y Thatcher le rieron las gracias al hermano número 1 porque era el enemigo de sus enemigos, al punto de reservarle su butaca en la ONU incluso cuando, ya derrotado, se retiró a la selva con sus acólitos. Entonces los ejércitos americano y británico entrenaron a sus guerrillas en la clandestinidad. Además, el Consejo de Seguridad embargó económicamente a la nueva y traumatizada Camboya. Y, según documentos recientemente desclasificados por el Gobierno de Washington, Reagan financió secretamente a los jemeres rojos hasta 1986 con 85 millones de dólares en concepto de, cruel ironía, ayuda humanitaria. 
Así que uno de los mayores genocidas de la Historia nunca fue juzgado, y murió plácidamente en 1998 mientras dormía en su cabaña de madera próxima a la frontera con Tailandia, acompañado por su segunda mujer y su hija menor.
La ONU esperó a que murieran la mayor parte de los mandos de la antigua Kampuchea para nombrar un tribunal que investigara sus matanzas.
Hoy, sólo Kaing Guek Eav, alias Duch, ha sido condenado. Era el director del S21 y vivía ya con otra identidad y convertido al cristianismo, dando clases de matemáticas en una aldea. Sus alumnos lo adoraban y lo llamaban “el gran maestro”. Una mañana Duch leyó en la prensa la última entrevista de Pol Polt, en la que negaba la existencia de los centros de tortura. Atormentado, llamó a un periodista británico para contar toda la verdad. Fue retenido casi diez años sin juicio hasta que el tribunal internacional lo condenó en 2009 a cadena perpetua.
Los jemeres rojos que no han muerto tienen alzheimer, y los que no, dicen que ya no recuerdan nada. El hermano número 2 le dijo el mes pasado al tribunal: “Somos responsables y sentimos el sufrimiento que hemos causado, pero no teníamos conocimiento de las condiciones en las que vivía nuestro pueblo”.
Han pasado más de treinta años. A Pros le quedan los recuerdos y las ausencias. Y un par de rastros de hierro incandescente en su piel. Y cinco hijos que van a la escuela.

*INFORMACIÓN PRÁCTICA

CÓMO LLEGAR: Camboya está en el sudeste asiático. A Phnom Penh, vuelan varias compañías: Qatar Airways, Vietnam Airlines o Fly Emirates. Los campos de exterminio de Choueng Ek están a las afueras de la capital y una empresa privada japonesa se ha hecho con su gestión, lo que ha encarecido notablemente su acceso. El centro de detención de Tuol Sleng está en el centro de la ciudad, a poca distancia del mercado ruso.

SUGERENCIAS: Hay vestigios de todos los conflictos que ha sufrido Camboya por todo el país. De hecho, cada día se encuentran, explosionan o desactivan tres minas antipersona. Pros vive en Siem Reap y es posible contratarlo durante días enteros para explorar los templos de Angkor y sus alrededores.

Sobre mi

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Soy lo que he vivido.
Estoy hecho de aquéllo que ha asomado en el camino para sumar o restarme,
para crecer o menguarme.
Llevo dentro los lugares que han perforado mi piel,
y los que me han herido y elevado.
Camino en coordenadas de espacio y de tiempo que se me escapan entre los dedos.
Y sé que todo pasa mientras me deslumbran otros focos.
Más allá hay amaneceres y arcoiris.
Y tormentas sobrecogedoras.
Y una mano tendida en el último confín del mundo.
Y es en ese momento y en ese lugar cuando todo cobra sentido.
Por eso siempre tengo un plan de fuga.
Y me evado por ahí.
Donde y cuando puedo.
@rodrigodpablo

Rameswaram, de boda celestial

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La Benarés del sur. Así llaman a Rameswaram.
Los libros de viajes están repletos de analogías poco elaboradas: Brujas, Amsterdam, Estocolmo y San Petesburgo son la Venecia del norte. Y Praga, Bucarest, Baku o Shanghai han sido en algún momento la París del este.
Acudir a referencias conocidas es recurrente, a veces demasiado, porque extirpan la propia identidad de la ciudad que se pretende definir.
No es éste el caso. De personalidad, Rameswaram va sobrada.
Sur de India 885La ciudad del señor Rama está en la isla de Pamban, en el Golfo de Mannar. Pertenece al estado de Tamil Nadu, y al ser una de las “cuatro moradas divinas” del Char Dham está bien conectada con las principales ciudades del sur de India. Pero llegar a ella durante el Thiru Kalyanam se convierte en una epopeya propia del Ramayana.
Que Parvati, la hija del dios Himalaya, seduzca con su disciplina, valor y compasión a Siva, el dios creador y destructor del universo; y que después hagan el amor durante cien años seguidos, merece ser celebrado. Así que durante algunos días de julio y agosto cientos de miles de devotos de toda la India festejan su matrimonio celestial.
Sur de India 921Antes de llegar a la ciudad santa los peregrinos cruzan el mar a través del puente que Rajiv Gandhi construyó en memoria de su madre asesinada. Desde él tienen su primera visión de la isla, con la luz del trópico cayendo a plomo sobre el mar de Bengala, celeste y calmo, salpicado por modestas barquitas de madera. A la derecha hay una playa de arena blanca, con cabañas de hojas de palmera. Y más allá se adivina ya la costa de Sri Lanka.
Hace calor, y la humedad hace más denso en el aire el olor a pescado seco.
Los autobuses descargan en la estación, aún a dos kilómetros de Rameswaram y de su gran atracción: el templo de Ramanathaswamy.
Para encontrar una habitación de hotel tienen que alinearse un par de planetas, o que Siva te envíe al encuentro de los únicos cuatro extranjeros que hay en la ciudad, y que buscan desesperadamente a dos viajeros más para terminar de pagar el último apartamento libre. Su balcón se asoma al puerto, que esos días es una inmensa letrina.
Resulta que un buen día Rávana raptó a Sita, mujer de Rama, y se la llevó a su reino de la isla de Lanka.
Rama entonces pidió fuerza a Siva para recuperarla y envió a una legión de hombres mono comandados por Hanumán para recuperarla.
El ejército de homínidos sembró de rocas los treinta kilómetros de mar que les separaban de la costa de la actual Sri Lanka. De aquel camino,  llamado después el “puente de Adán”, sólo quedan hoy los arrecifes y bancos de arena que no devastaron los ciclones de los años sesenta, pero a Rama le sirvió entonces de pasarela para recuperar a su mujer y para dar muerte a su captor.
Pero como Rávana era bisnieto de Brahma, Rama tuvo que expiar su culpa en agua sagrada. Y como además le estaba muy agradecido a Siva mando a Hanumán ir al monte Kailash, en el actual Tibet, a buscar un lingam (símbolo del falo) para honrar a su dios salvador.
En el lugar donde Rama se postró ante Siva se levanta hoy el templo.
Sur de India 879Me falta conocimiento y sensibilidad para alcanzar a comprender la carga de profundidad que contienen las sagradas escrituras, pero doy fe de la devoción con la que acuden shivaitas y vaishnavas de todo el país a rendir culto a uno de los principales lingam de Siva, y a sumergirse en los 22 pozos de agua del templo.
Entrar en el recinto sagrado durante el día central de la fiesta es imposible. Y caminar a su alrededor, casi también. En la víspera, las plegarias lo inundan todo desde primera hora de la tarde y hasta la madrugada.
Los peregrinos van y vienen empapados en sudor y en el agua de los thirtams. Caminan por un laberinto de pasillos, flanqueados por más de mil columnas de granito que sostienen coloridos mandalas.
Los brahmanes engalanan a sus deidades con guirnaldas de flores blancas y naranjas, y les ofrecen leche y frutas mientras entonan mantras. Un elefante aparece y desaparece entre los claroscuros que dibuja el incienso. Y, de repente, atrona un estruendo de cornetas, címbalos y tambores que abren  paso a Nandi, el toro de oro que custodia a Siva.Sur de India 908Fuera, la marea humana anega todos los rincones. Los peregrinos se hacinan en cualquier parte para cualquier cosa. Familias enteras duermen al raso bajo los cuervos. Las que han llegado antes, a la sombra de los muros dravídicos del templo; las últimas, entre la basura y las cabras y las gallinas que husmean en ella. Huele a biryani, a salitre y a mierda.
El frenesí está de vuelta antes de que el sol asome por el mar de Bengala.  La marabunta invade la playa para el holy deep. Los saris motean el agua de mil colores. La marea devuelve a la arena los que el fervor y la corriente han extraviado.
En la orilla, un puñado de brahmanes ofician pujas.  Quiebran cocos contra el suelo como el que despedaza su propio ego. Ofrecen al Señor alimentos, flores y agua. Y esparcen polvo de cúrcuma y pasta de sándalo.
Muchos devotos guardan agua de mar. La derramarán en el Ganges si la vida se lo permite. Otros vierten sobre el Indico la que traen de Benarés. Hay quien piensa que ninguna peregrinación a ninguna de las dos ciudades está completa sin ir a la otra.
Después de todo, puede que los libros de viajes, en este caso, tengan algo de razón.

INFORMACIÓN PRÁCTICA

CÓMO LLEGAR: el aeropuerto internacional más cercano es el de Chennai, la capital de Tamil Nadu, a unos 550 kilómetros. Desde ahí, hay conexión por tren y autobús (12 horas). Sin embargo es recomendable visitar de camino lugares como Mahabalipuram, Thanjavur, Trichy (a 7 horas en autobús directo) o Madurai, a cuatro horas.

SUGERENCIAS: el alojamiento es básico. Fundamentalmente está destinado a hospedar peregrinos. Si se desea viajar coincidiendo con el Thiru Kalyanam es recomendable reservar con antelación. Para huir del bullicio existen playas situadas en el extremo opuesto al nucleo urbano de Rameswaram. Hace tiempo que se especula con la posibilidad de unir en ferry la isla con Sri Lanka.