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Uyuni, donde la razón no entiende

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Transamérica 11 406Un océano de sal abrazado por colosos de magma. Un espejo de agua que refleja colores que sólo hemos visto en sueños. Una inmensidad de luz que te abruma y empequeñece. Algo así es el salar de Uyuni, quizá el rincón más onírico de la Tierra, quizá el único lugar donde la mente no puede aferrarse a nada que reconozca, porque las islas no son islas, son volcanes de piedra; el mar que las rodea no es de agua, es de litio y de potasio; y su litoral no crece desde abajo, sino  que araña el cielo desde sus casi cuatro mil metros de altura.
Quizá por estar tan cerca de los dioses, al salar sólo le cabe una explicación mitológica. Los aymaras creen que los volcanes Cosuña, Coracora y Chillima pretendieron a la bella Tunupa. El dios Cosuña llegó a engendrarla un hijo, pero tantas fueron las intrigas por culpa de los celos y sus infidelidades, que la pachamama también convirtió a Tunupa en montaña, de cuyo pecho derramó la leche que hoy tiñe al salar.
Transamérica 11 457La enorme mancha blanca está casi deshabitada, todo su contorno natural tiene el tamaño del Líbano y, según la estación, puede inundarse o alcanzar temperaturas polares, por lo que no conviene aventurarse por ella sin un plan. El tránsito por su interior no es cómodo ni sencillo, pero es memorable.
Todo empieza al oeste del salar, en la ciudad de Uyuni, que ha crecido al abrigo de los mochileros que buscamos guardar en la retina las imágenes que antes nos han empujado hasta aquí. Las avenidas, desproporcionadamente amplias, parecen proyectos olvidados por Arturo Soria en un cajón, y rebosan de agencias y buscavidas de todos los pelajes que dicen ofrecer las mismas rutas, aunque con diferentes precios. Pero aquí la letra pequeña no la marcan las cláusulas de un contrato, sino los intangibles de la propia aventura.
El invierno austral regala cielos de un azul inverosímil y temperaturas que el mercurio deja de registrar. Por eso el hielo es el que marca la hoja de ruta, o el que directamente la cancela. La naturaleza es implacable, aunque el ser humano, también. Dan fe de ello una docena de calavéricos trenes olvidados a la salida de la ciudad, hoy sólo frecuentados por las tormentas de arena, las alpacas y los gringos. Un día Chile decidió interponerse entre Bolivia y el mar, y ahí descarriló el progreso.
Colchani es la primera parada para el guiri y la última para los mineros. Aquí ellos cortan la sal en bloques cuadrados y le añaden yodo para el consumo humano a treinta céntimos por cada cincuenta kilos, y allí nosotros nos abandonamos definitivamente al infinito, los contrastes y las ilusiones ópticas.
Transamérica 11 408Avanzamos sin conciencia de espacio ni de tiempo. Las perspectivas engañan. Unos tragos mantienen el cuerpo a tono. Y, de pronto, emerge la isla de Incahuasi, una extravagancia de basalto adornada por enormes cactus casi milenarios. De nuevo la mente acecha: “Si esto no es una isla y eso no es un océano, ¿en qué planeta hemos aterrizado?”. La respuesta ondea en lo más alto de la isla: la bandera de Bolivia resiste el azote del viento.
La tarde cae a plomo y los dos hoteles de sal que hay por la zona están llenos. Acabamos en San Juan, una pequeña comunidad indígena que parece dormir a oscuras. Nos resguardamos en un albergue de adobe y uralita. Descubrimos que el frio puede llegar a doler. La sopa de quinua no lo atenúa. Y allí estamos Iván, Jeremy, Thomas, Carmen, Matthew y yo preguntándonos dónde demonios se habrá metido Edgar. Edgar es nuestro conductor. Y como para muchos aymaras y quechuas de la zona, el turismo le ha brindado una segunda oportunidad. Transportar viajeros le reporta menos dinero pero más seguridad que pasar fardos de cocaína a través de la frontera con Chile. Y las prisiones del altiplano no son lugares que uno añore. El caso es que Edgar está en el mismo sitio que el resto de la aldea. Esta es la noche de Santiago y hay fiesta, quizá la fiesta más inesperada de mi vida.
Todo el pueblo está en la única casa con luz. En un extremo pincha cumbia un dj traído de Potosí. En el otro los cholos le ofrendan al tío (deidad precolombina en la que los conquistadores creyeron ver al demonio), hojas de coca, tabaco y alcohol. Un poco para el tío, un poco para mí. Otro poco para el tío, otro poco para mi. Y así, hasta que no queda un cholito sobrio. Nuestros anfitriones sacuden su cuerpo arrítmicamente. Beben chicha de choclo y alcohol potable de 96 grados. Nos abrazan, nos agitan, nos bendicen. Viene uno: “Bienvenido amigo, bebe conmigo”. Viene otro: “Te conozco. Sé que eres un narco, largo de aquí ya”. Y así hasta que los incombustibles bailarines del altiplano empiezan a batir y condensar bajo sus botas la arena del suelo con el orín y los vómitos de la concurrencia. De repente, una de esas mujeres andinas de mantilla y bombín se remanga la pollera junto al umbral y alguien responde a su invitación a la vista de cualquiera. La atmósfera se densa. La altitud, el alcohol y los vatios martillean la sien. La fiesta se alarga como si no hubiera un mañana. Pero sí había uno, y vino Transamérica 11 453puntual a buscarnos a todos menos a Edgar, que seguía dormido y borracho cuando el sol ya estaba en lo alto. Después de despertarlo y encontrarle las llaves del coche nos ponemos en marcha. Nosotros tuvimos suerte, el otro conductor que paró en San Juan aquella noche puede que siga aún empinando el codo.
El tiempo es más relativo aquí que en ninguna otra parte. Lo que iban a ser tres días de travesía se convirtieron en cuatro gracias al azar, el hielo y las averías.
Cuatro días entre vicuñas, flamencos y volcanes de seis mil metros. Casi cien horas encendidos y fuera de cobertura; sin electricidad, pero con sol y estrellas; sin calor, pero con geyseres en ebullición; sin agua corriente, pero con fuentes termales que brotan de las heridas de la tierra.
Y así, bordeando lagos que el cobre, el magma y las algas han pintado de colores, nos postramos ante su majestad el Licancábur. Antiguamente los arrebatos de furia de este gigante marcaban la vida de los quechuas, ahora sólo es testigo del paso entre Bolivia y el oasis de Atacama, ya en Chile.
El salar, los volcanes y sus lagunas evocan mitos y leyendas ancestrales, pero su presente es más prosaico. Sus entrañas contienen más de la mitad de las reservas mundiales de litio. Y esa puede ser la salvación energética del planeta o la mayor amenaza para todos los que habitan este rincón del mundo desde que la Tierra es Tierra.

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DATOS PRÁCTICOS

CÓMO LLEGAR: Uyuni es la puerta de entrada desde Bolivia a toda la reserva. Desde Chile se puede acceder desde San Pedro de Atacama. Uyuni está a 560 kilómetros de La Paz, que se pueden completar en tren (10 horas) o en bus (11 horas). También se puede llegar desde la histórica Potosí, a 200 kilómetros, a través de una pista de tierra que quizá ya esté asfaltada (5 horas).
SUGERENCIAS: En Uyuni hay docenas de agencias para contratar las rutas. Ninguna puede garantizar que todo salga según lo previsto, pero conviene comparar precios y, si es posible, elegir la que revierta más sus ganancias en la economía de las comunidades locales.
La mejor época para visitar el salar es de mayo a noviembre por ser la estación seca, aunque de junio a septiembre puede nevar y hacer frío extremo. Entre enero y marzo el salar se inunda y puede ser peligroso.
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