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Crece la hierba en Camboya

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Es la primera vez que el tipo que tengo delante me confiesa haber matado a otros hombres. Y nadie lo diría al verle con esa amplia sonrisa franca y generosa y esos ojos que no dejan de velar por mi bienestar.  La tele del merendero de palma donde estábamos comiendo está reponiendo un documental. De repente aparece  un jovencísimo Pol Pot, con pose de caudillo emergente y anacrónico. Pros  me mira y escenifica con sus manos el movimiento de una ráfaga de disparos.  “¿Tú también has disparado?”, intervengo señalando alternativamente la tele y el improvisado fusil que dibujan sus manos. “Claro que he disparado”, asiente. ” Y mucho. He matado a mucha gente”, añade con la naturalidad y el aplomo del que lo volvería a hacer. Desplazo mi atención del té que compartimos para clavar mis ojos en los suyos. Así me quedo un rato. Creo que busco un rastro de pena, algún matiz que suavice su revelación, pero no asoma en su mirada un atisbo de arrepentimiento.

P1120002Pros y yo sólo llevamos un par de días recorriendo juntos los templos de Angkor  en su tuk tuk, pero ya nos apreciamos. Quedamos al alba y nos despedimos con el sol ya camino de otras latitudes. No me llevó ni un minuto saber que era de fiar. Y no tardé ni cinco en tenerle afecto. Ahora lo admiro, porque una cosa es leer acerca de un exterminio, otra sufrirlo, y otra combatirlo para sobrevivirlo.
Tiene cinco hijos y ya peina canas, y como casi todos los que peinan canas en Camboya no sabe leer ni escribir, porque Pol Pot le arrancó de la escuela 24 horas después de instaurar su régimen de terror.
El Hermano Número 1 cerró los colegios y los hospitales. Prohibió la moneda y el comercio. Abolió la religión y persiguió cualquier manifestación artística. Voló los puentes y sembró de minas las fronteras para disuadir a los escapistas del horror. Y declaró enemigos del Estado a los habitantes de las ciudades. Dio tres días de plazo para vaciar todos los núcleos urbanos y desgajó con meticulosidad cada familia. Querer a tus hermanos estaba prohibido. El único afecto obligatorio era el que te vinculaba al Estado. Así que cada niño fue enviado a un campo de trabajo diferente, lo más distante posible de su familia, y en severas condiciones de malnutrición. Pros, que era de Phnom Penh, acabó en los arrozales del norte, y no volvió a ver a sus padres.
Pol Pot marcó la línea de un vacío generacional. En Camboya no quedan viejos, ni durante años ha habido maestros, abogados ni médicos. El conocimiento estaba bajo sospecha. Era contrarrevolucionario. La lógica de su Estado paranoide preveía la pena capital para cualquiera sospechoso de ostentar algún saber:  hablar otro idioma, llevar gafas o tener las manos suaves eran inconcebibles indicios de cultura que conducían a la tortura y a la muerte.
Según sus criterios, el propio Pol Pot debería haber sido ajusticiado varias veces porque había sido formado en el budismo, estudió en la Sorbona, fue profesor  y hablaba francés.
Centro de detención y tortura de Tuol Sleng. Phnom penh.

Centro de detención y tortura de Tuol Sleng.

En aquel 1975, año cero de los jemeres rojos, había ocho millones de camboyanos. Sólo cinco millones sobrevivían tres años y nueve meses después. Y hoy siete de cada diez tienen menos de treinta años. Así que Pros es casi una rareza.

Tuvo que empuñar un M16 cuando aún era un crío. Deshidratado y mal alimentado, a duras penas aguantaba las marchas por la selva con sus cinco kilos de peso al hombro. Pero “tenía que hacerlo”, como tuvo que aceptar a los vietnamitas, enemigos históricos, como aliados en su lucha contra la barbarie.
En aquellos tiempos cada camboyano vivía con un cuenco de arroz al día. Cualquier argucia para arañar otro puñado acarreaba la pena de muerte. La tuya, y la de todos tus familiares, incluidos los bebés. Así evitaban los jemeres rojos enfrentarse años después a desairados adolescentes  con afán de venganza. Y así, producto del miedo y la necesidad, se propagó el canibalismo.
La Phnom Penh que ya no vio Pros se vació de vida y se llenó de precadáveres. La escuela católica de Tuol Svai Prey se convirtió en el centro de detención y tortura S 21. Las antiguas aulas se llenaron de presos de cualquier edad y condición. Sobre algunos pesaba una orden de arresto por el motivo más peregrino. Otros eran delatados por sus propios familiares o vecinos al ser torturados.  Otros, sencillamente pasaban por ahí. Como luego reconoció el carcelero Him Huy: “Es mejor arrestar erradamente que liberar erradamente”.
Cuando el preso traspasaba el umbral de alambre de la entrada perdía cualquier derecho sobre si mismo. Tenía prohibido hablar, pensar o dolerse cuando recibía latigazos y descargas eléctricas.
Los seis supervivientes del S21.

Los seis supervivientes del S21.

Por el centro de interrogación pasaron casi 15.000 desgraciados. Poco más de 200 fueron absueltos. Sólo seis adultos sobrevivieron. ¿Su mérito? Tener conocimientos de fotografía para ilustrar el inventario de horrores que los soldados perpetraban.

La prisión, hoy Museo del Genocidio Tuol Sleng, alberga en sus galerías el retrato y la cronología de torturas de cada mártir: ancianos, estudiantes, mujeres y bebés. Algunos miran horrorizados al objetivo. Otros, gente del campo, hasta sonríen. Seguramente era la primera vez que posaban ante una cámara. Y la última.
El que no moría en Tuol Sleng era trasportado como ganado 15 kilómetros más allá, al campo de exterminio de Choueng Ek.
El árbol del exterminio de bebés.

El árbol del exterminio de bebés.

Allí la muerte alcanzó dimensiones industriales. Los soldados mataban de día y de noche. Hacían turnos para que su productividad no decayera. La luz nunca se apagaba. Los altavoces escupían himnos revolucionarios las 24 horas del día para ahogar el estruendo de los disparos.  Aunque, como la munición era cara, muchas veces  ajusticiaban a los reos a golpes con lo que tuvieran más a mano: desde una estaca a cualquier apero de labranza. Con los bebés era más sencillo: los agarraban de las piernas y golpeaban su cabeza contra un árbol.

Así aniquilaron a 20.000 personas, que luego yacían adunadas en fosas comunes que se quedaban pequeñas. Cuando los vietnamitas liberaron el campo encontraron un espectáculo dantesco: en su proceso de descomposición, los miles de cadáveres amontonados liberaron gases que abultaron la superficie hasta quebrarla. Entonces la tierra empezó a vomitar restos humanos que caían por todas partes impregnando de un hedor descomunal a varios kilómetros a la redonda.
Occidente calló porque era cómplice. Pol Pot nunca hubiera alcanzado el poder si Estados Unidos no hubiera bombardeado el este de Camboya durante los años anteriores a su desfile triunfal por Phnom Penh. Sobre las aldeas fronterizas con Vietnam cayeron el equivalente a cinco hiroshimas que mataron a  un millón de campesinos. Nixon y Kissinger no perdonaban la neutralidad de Camboya durante la invasión de Vietnam. Y la destrucción que sembraron fue el caldo de cultivo idóneo para que germinara el maoísmo radical de los jemeres rojos, que hasta ese momento no tenían ningún arraigo social.
P1110587Luego Reagan y Thatcher le rieron las gracias al hermano número 1 porque era el enemigo de sus enemigos, al punto de reservarle su butaca en la ONU incluso cuando, ya derrotado, se retiró a la selva con sus acólitos. Entonces los ejércitos americano y británico entrenaron a sus guerrillas en la clandestinidad. Además, el Consejo de Seguridad embargó económicamente a la nueva y traumatizada Camboya. Y, según documentos recientemente desclasificados por el Gobierno de Washington, Reagan financió secretamente a los jemeres rojos hasta 1986 con 85 millones de dólares en concepto de, cruel ironía, ayuda humanitaria. 
Así que uno de los mayores genocidas de la Historia nunca fue juzgado, y murió plácidamente en 1998 mientras dormía en su cabaña de madera próxima a la frontera con Tailandia, acompañado por su segunda mujer y su hija menor.
La ONU esperó a que murieran la mayor parte de los mandos de la antigua Kampuchea para nombrar un tribunal que investigara sus matanzas.
Hoy, sólo Kaing Guek Eav, alias Duch, ha sido condenado. Era el director del S21 y vivía ya con otra identidad y convertido al cristianismo, dando clases de matemáticas en una aldea. Sus alumnos lo adoraban y lo llamaban “el gran maestro”. Una mañana Duch leyó en la prensa la última entrevista de Pol Polt, en la que negaba la existencia de los centros de tortura. Atormentado, llamó a un periodista británico para contar toda la verdad. Fue retenido casi diez años sin juicio hasta que el tribunal internacional lo condenó en 2009 a cadena perpetua.
Los jemeres rojos que no han muerto tienen alzheimer, y los que no, dicen que ya no recuerdan nada. El hermano número 2 le dijo el mes pasado al tribunal: “Somos responsables y sentimos el sufrimiento que hemos causado, pero no teníamos conocimiento de las condiciones en las que vivía nuestro pueblo”.
Han pasado más de treinta años. A Pros le quedan los recuerdos y las ausencias. Y un par de rastros de hierro incandescente en su piel. Y cinco hijos que van a la escuela.

*INFORMACIÓN PRÁCTICA

CÓMO LLEGAR: Camboya está en el sudeste asiático. A Phnom Penh, vuelan varias compañías: Qatar Airways, Vietnam Airlines o Fly Emirates. Los campos de exterminio de Choueng Ek están a las afueras de la capital y una empresa privada japonesa se ha hecho con su gestión, lo que ha encarecido notablemente su acceso. El centro de detención de Tuol Sleng está en el centro de la ciudad, a poca distancia del mercado ruso.

SUGERENCIAS: Hay vestigios de todos los conflictos que ha sufrido Camboya por todo el país. De hecho, cada día se encuentran, explosionan o desactivan tres minas antipersona. Pros vive en Siem Reap y es posible contratarlo durante días enteros para explorar los templos de Angkor y sus alrededores.