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Rameswaram, de boda celestial

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La Benarés del sur. Así llaman a Rameswaram.
Los libros de viajes están repletos de analogías poco elaboradas: Brujas, Amsterdam, Estocolmo y San Petesburgo son la Venecia del norte. Y Praga, Bucarest, Baku o Shanghai han sido en algún momento la París del este.
Acudir a referencias conocidas es recurrente, a veces demasiado, porque extirpan la propia identidad de la ciudad que se pretende definir.
No es éste el caso. De personalidad, Rameswaram va sobrada.
Sur de India 885La ciudad del señor Rama está en la isla de Pamban, en el Golfo de Mannar. Pertenece al estado de Tamil Nadu, y al ser una de las “cuatro moradas divinas” del Char Dham está bien conectada con las principales ciudades del sur de India. Pero llegar a ella durante el Thiru Kalyanam se convierte en una epopeya propia del Ramayana.
Que Parvati, la hija del dios Himalaya, seduzca con su disciplina, valor y compasión a Siva, el dios creador y destructor del universo; y que después hagan el amor durante cien años seguidos, merece ser celebrado. Así que durante algunos días de julio y agosto cientos de miles de devotos de toda la India festejan su matrimonio celestial.
Sur de India 921Antes de llegar a la ciudad santa los peregrinos cruzan el mar a través del puente que Rajiv Gandhi construyó en memoria de su madre asesinada. Desde él tienen su primera visión de la isla, con la luz del trópico cayendo a plomo sobre el mar de Bengala, celeste y calmo, salpicado por modestas barquitas de madera. A la derecha hay una playa de arena blanca, con cabañas de hojas de palmera. Y más allá se adivina ya la costa de Sri Lanka.
Hace calor, y la humedad hace más denso en el aire el olor a pescado seco.
Los autobuses descargan en la estación, aún a dos kilómetros de Rameswaram y de su gran atracción: el templo de Ramanathaswamy.
Para encontrar una habitación de hotel tienen que alinearse un par de planetas, o que Siva te envíe al encuentro de los únicos cuatro extranjeros que hay en la ciudad, y que buscan desesperadamente a dos viajeros más para terminar de pagar el último apartamento libre. Su balcón se asoma al puerto, que esos días es una inmensa letrina.
Resulta que un buen día Rávana raptó a Sita, mujer de Rama, y se la llevó a su reino de la isla de Lanka.
Rama entonces pidió fuerza a Siva para recuperarla y envió a una legión de hombres mono comandados por Hanumán para recuperarla.
El ejército de homínidos sembró de rocas los treinta kilómetros de mar que les separaban de la costa de la actual Sri Lanka. De aquel camino,  llamado después el “puente de Adán”, sólo quedan hoy los arrecifes y bancos de arena que no devastaron los ciclones de los años sesenta, pero a Rama le sirvió entonces de pasarela para recuperar a su mujer y para dar muerte a su captor.
Pero como Rávana era bisnieto de Brahma, Rama tuvo que expiar su culpa en agua sagrada. Y como además le estaba muy agradecido a Siva mando a Hanumán ir al monte Kailash, en el actual Tibet, a buscar un lingam (símbolo del falo) para honrar a su dios salvador.
En el lugar donde Rama se postró ante Siva se levanta hoy el templo.
Sur de India 879Me falta conocimiento y sensibilidad para alcanzar a comprender la carga de profundidad que contienen las sagradas escrituras, pero doy fe de la devoción con la que acuden shivaitas y vaishnavas de todo el país a rendir culto a uno de los principales lingam de Siva, y a sumergirse en los 22 pozos de agua del templo.
Entrar en el recinto sagrado durante el día central de la fiesta es imposible. Y caminar a su alrededor, casi también. En la víspera, las plegarias lo inundan todo desde primera hora de la tarde y hasta la madrugada.
Los peregrinos van y vienen empapados en sudor y en el agua de los thirtams. Caminan por un laberinto de pasillos, flanqueados por más de mil columnas de granito que sostienen coloridos mandalas.
Los brahmanes engalanan a sus deidades con guirnaldas de flores blancas y naranjas, y les ofrecen leche y frutas mientras entonan mantras. Un elefante aparece y desaparece entre los claroscuros que dibuja el incienso. Y, de repente, atrona un estruendo de cornetas, címbalos y tambores que abren  paso a Nandi, el toro de oro que custodia a Siva.Sur de India 908Fuera, la marea humana anega todos los rincones. Los peregrinos se hacinan en cualquier parte para cualquier cosa. Familias enteras duermen al raso bajo los cuervos. Las que han llegado antes, a la sombra de los muros dravídicos del templo; las últimas, entre la basura y las cabras y las gallinas que husmean en ella. Huele a biryani, a salitre y a mierda.
El frenesí está de vuelta antes de que el sol asome por el mar de Bengala.  La marabunta invade la playa para el holy deep. Los saris motean el agua de mil colores. La marea devuelve a la arena los que el fervor y la corriente han extraviado.
En la orilla, un puñado de brahmanes ofician pujas.  Quiebran cocos contra el suelo como el que despedaza su propio ego. Ofrecen al Señor alimentos, flores y agua. Y esparcen polvo de cúrcuma y pasta de sándalo.
Muchos devotos guardan agua de mar. La derramarán en el Ganges si la vida se lo permite. Otros vierten sobre el Indico la que traen de Benarés. Hay quien piensa que ninguna peregrinación a ninguna de las dos ciudades está completa sin ir a la otra.
Después de todo, puede que los libros de viajes, en este caso, tengan algo de razón.

INFORMACIÓN PRÁCTICA

CÓMO LLEGAR: el aeropuerto internacional más cercano es el de Chennai, la capital de Tamil Nadu, a unos 550 kilómetros. Desde ahí, hay conexión por tren y autobús (12 horas). Sin embargo es recomendable visitar de camino lugares como Mahabalipuram, Thanjavur, Trichy (a 7 horas en autobús directo) o Madurai, a cuatro horas.

SUGERENCIAS: el alojamiento es básico. Fundamentalmente está destinado a hospedar peregrinos. Si se desea viajar coincidiendo con el Thiru Kalyanam es recomendable reservar con antelación. Para huir del bullicio existen playas situadas en el extremo opuesto al nucleo urbano de Rameswaram. Hace tiempo que se especula con la posibilidad de unir en ferry la isla con Sri Lanka.

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