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Siria, antes de la guerra

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Exhausto, con el polvo adherido a la piel y la brisa de la cumbre del monte Qasioun acariciando su rostro, el Profeta se asomó sobre Damasco. “Sólo atravesaré una vez la puerta del Paraíso, y no será en este mundo”, masculló ante la belleza de aquella ciudad que se desparramaba a sus pies.
Puede que Mahoma sea el único que no haya querido atravesar las murallas de la ciudad habitada más antigua del mundo, porque Damasco exhibe en sus cicatrices la genealogía de más de 2000 años de invasiones, guerras santas y resistencias heróicas.
La capital de la República Árabe de Siria no se entendería sin esa dialéctica de muertes y renacimientos; ni la historia de la Humanidad habría sido la misma sin la influencia de sus desgracias.
IMG_0002Las piedras que ahora caen bajo las bombas han moldeado algunos de los templos paganos, sinagogas, iglesias y mezquitas más veneradas del mundo.
Por sus calles han desfilado romanos y bizantinos; omeyas y cruzados; otomanos y colonos europeos. Y Damasco siempre ha resurgido gracias a la fortaleza de sus hijos, que ahora se matan o se buscan bajo los escombros.
La Damasco que a mi me enamoró reflejaba en su luz el ardor del desierto de agosto.
Los souks impregnaban a la tarde de aromas a nuez moscada, cilantro y cardamomo. Sabía a granada, a shawarma y a baklawa.
Sus minaretes rasgaban el cielo hasta romperlo en mil oraciones: ” Allahu Akbar, Ashhadu an la ilaha illa Llah, shhadu anna Muhammadan Rasulu Llah”.
Recuerdo los atardeceres desde mi balcón del hotel As Salaam, con las últimas luces del día alumbrando el barrio de Salihiya, última morada de Ibn Arabi, murciano, filósofo, poeta y viajero.
¿Dónde habita la sabiduría que perdimos con el conocimiento?
Saliva cuya miel he probado
Luna revelada, con las mejillas cubiertas
del rojo atardecer
 
IMG_0004Y recuerdo la omnipresencia de Bachar al Asad, hijo de Hafez, mirándolo todo desde cualquier parte, con aire solemne, tímido y paternal. Seguro del mandato divino que le había otorgado el golpe de estado de su padre.
Entonces había quien lo veía como  un reformista, y había quien prefería no mencionar su nombre. La trincheras eran invisibles, pero ya estaban cavadas.
En aquel verano los soldados iban cogidos de la mano, el viernes bien temprano, camino de la terminal de Baramke para pasar su permiso en casa.
Aquellas estaciones siempre ofrecían alguna posibilidad de llegar a cualquier parte:
Al sur, a Bosra, nabatea y romana, capital de Arabia durante el Imperio. Con su teatro-ciudadela, centro cultural de Trajano y baluarte defensivo musulmán que los cristianos nunca pudieron tomar.
Allí, mucho antes de las cruzadas, en un sinuoso callejón de basalto de la ciudad vieja, un tal Abu Talib detuvo su caravana viniendo de la Meca. Dejó a su sobrino, de no más de 12 años, a cargo de los camellos, pero ambos fueron invitados a hospedarse en la celda de un monje cristiano.
Cuenta la tradición que en ese encuentro aquel niño llamado Mahoma abrazó el monoteísmo, y que aquel monje, de nombre Bahira, le auguró que sería el Profeta.
Quisiera creer que el viejo Ahmed, como en aquel verano de 2005, sigue guardando las llaves de ese monasterio; de la mezquita de Omar, quizá la más antigua del mundo; y de lo que queda de la vieja basílica, cuya planta sirvió de inspiración para levantar la de Santa Sofía en Estambul.
IMG_0001Al este, los destartalados autobuses de Izla o Karnak conectaban Damasco con las llanuras ocres e infinitas que conducen al Eúfrates, a Irak y, antes, a Palmyra, la capital del Imperio que levantó una de las primeras revolucionarias de la Historia: Zenobia, que se rebeló contra romanos y sasánidas hasta dominar toda Asia Menor.
Ahora  la tercera maravilla de Oriente Medio, junto a las pirámides de Giza y Petra, está en peligro: el pillaje campa a sus anchas por todo el yacimiento.
Al oeste, cualquier furgoneta podía llevarte a Maalula, reducto cristiano del Antilíbano, donde aún se habla el arameo y donde no era difícil encontrar peregrinos de cualquier credo postrarse ante los iconos ortodoxos de Santa Tecla y San Sergio.
Y al norte, a Hama, con sus norias gimiendo sobre el Orontes; a Homs y su Crac de los Caballeros, la fortaleza templaria que dominó el paso Beirut-Damasco-Jerusalén hasta caer a manos de Saladino; y a Alepo, parada legendaria de la Ruta de la Seda.
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Hama tenía fama entre los viajeros de ser la ciudad con más encanto, limpia, ajardinada y barata de toda Siria. Y una de las más hospitalarias. Allí compartí te, shisha y backgamon, invitado a una boda sin novia (las mujeres la celebraban en una fiesta paralela). Sin embargo para los Asad, Hama siempre fue sospechosa de fundamentalista o de revolucionaria. Hace 30 años el papá de la criatura mató a 25.000 habitantes y destruyó parte de su patrimonio para reprimir una revuelta islamista. El viejo Hafez estararía complacido si viera cómo su vástago, que iba para oftalmólogo, prolonga las costumbres familiares.
Homs es hoy una escombrera que huele a metralla. El Crac, gótico y desafiante, resiste sólo azotado por el viento. Y Alepo agoniza. Fue centro de convivencia de todas las etnias y religiones de Oriente Medio, y albergaba los zocos más kilométricos y laberínticos del mundo. Ahora  los combates la han convertido también en la ciudad más bombardeada. Un tercio de su patrimonio está destruido, incluido el caravasar Dar Zamaria donde me alojé.
Temo que la Damasco que yo conocí ya no exista, igual que yo tampoco encontré la que nos contó Colin Thubron.
Pero pervivirá la energía vibrante de los damascenos que iban y venían por el zoco de Hammidiyya, con sus aguadores, su regateo, sus heladerías, sus tiendas de lencería  o de coranes, y su luz filtrada a través de los disparos que aún recordaban en el techo las batallas que libraron hace un siglo los insurgentes panarábigos contra la dominación francesa.
Perdurarán en mi memoria las horas muertas escuchando en el Al Nafura a Abu Shady, el último hawakaty, con sus pantalones anchos, su chaleco y su fez, contando monocorde sus cuentos y aporreando con su espada una mesita de cobre  para que el humo del narguile no disipara la atención de sus mil y una noches; los paseos bajo las parras y bajo el arco que marcaba el inicio de la Vía Recta y el barrio cristiano, con hornacinas, cruces y esquelas en las puertas, como en las comunidades de antes, y con sus criptas bajo cada casa, como la de Ananías, que sirvió de refugio a Pablo de Tarso, antes de ser san Pablo, para esconderse de los judíos que querían matarlo por predicar la palabra de Jesús en las sinagogas de la ciudad.
IMG_0003Recordaré aquella hospitalidad proverbial, taza de té mediante, en cualquier momento y lugar: junto a la fuente de un patio frondoso o en la trastienda de una antigua medersa, como la que había junto a la mezquita de Suleiman, en la que se inspiró Sinan, para proyectar después la mezquita azul de Estambul.
Y no olvidaré su fervor, ahora desatado y cainita. Antes, evocador y desbordante en sus mezquitas.
En el barrio chií, en la de Sayyida Zainab, nieta de Mahoma, de estilo y costumbres iraníes;  en la de Ruqayya, nieta de Hussein, también financiada por Irán, pero de estilo pakistaní.
Y, por supuesto, en la Mezquita Omeya, matriz de la de Córdoba, levantada sobre el templo de Júpiter, y cuarto lugar más sagrado del Islam.
A la sombra de los pórticos del patio central, un iman chií llamado Ali salió a mi encuentro.
-“Bienvenido, ¿de dónde vienes?; ¿tienes hijos?;Si no, deseo que los tengas, inshallá…”.
Y siguió:
-“Estamos en un lugar único, ¿me permites que te lo muestre?”. Y así fue.
En la nave central se exponía la cabeza de Juan Bautista, respetado y venerado también por el Islam.
Y escondida en una esquina se conservaba otra cabeza decapitada, la de de Hussein de Kerbala, el hijo de Ali y Fátima, y nieto del Profeta Mahoma, martirizado en Irak por los omeyas hace más de 1400 años.
A su alrededor se agolpaban centenares de fieles que lloraban desconsolados mientras cantaban y se golpeaban con dureza la cabeza y el pecho. Celebraban la Ashura, y viendo su vehemencia nadie diría que todo aquello había pasado hace tanto tiempo. Aunque, en el fondo, sus lamentos son muy actuales, porque para la comunidad chií Hussein es el mártir que se enfrentó a los tiranos y a la corrupción que pervertía el mensaje del Corán.
En el exterior unos mosaicos bizantinos representaban el Edén. Y por encima, ya mirando al cielo, sobrecogían tres minaretes.
Los damascenos cuentan que un día Jesús de Nazaret será el muecín que se asome desde el más alto. Según la leyenda no llamará a la oración, sino que anunciará el final de los días. Y dicen que si asciendes entonces al monte Qasioun tu alma estará a salvo.
El aviso llegará tarde para los cien mil sirios que ya se han dejado la vida en esta guerra.
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