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En tierra hmong

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Chi, a la derecha.

Chi, a la derecha.

Atisbar  la silueta de las montañas de Sapa emergiendo entre la niebla es terapéutico.
Tras nueve horas pegando botes en el coche cama que viene de Hanoi; después de lidiar con los comisionistas que controlan la conexión por carretera desde Lao Cai; y de asistir, curva-va-curva-viene, al vómito de dos de los aldeanos que iban enlatados en mi furgoneta, contemplar cómo  los Alpes Tonkineses se asoman al mercado del pueblo mientras desayuno arroz especiado envuelto en una hoja de banano es todo lo que necesito.
En esas estoy cuando aparece Chi.
– “¿Acabas de llegar?”
Delante tengo una mujer menuda y resuelta. Lleva un vestido de cáñamo con ribetes de colores en las mangas, como todas las de la etnia hmong . Recoge su cabello negro y torrencial  bajo un sombrero circular y tiene mirada de búfalo de agua.
– “Sí, y no veo el momento de salir a caminar”, respondo señalando las cumbres que nos rodean.
P1100428– “Entonces vente a Ban Pho”, me espeta sin pestañear. “Es una aldea tan pequeña que no aparece en muchos mapas.  Está al otro lado del valle y, para llegar, hay que atravesar campos de arroz y una cascada. Además no hay turistas”.
– “Hecho”, me desarma su persuasión.
– “¿Te gusta el pollo? ¿lo prefieres con patatas o me dejas cocinarlo a mi estilo?, me pregunta exhibiendo una gran sonrisa.
– “Estoy en tus manos. Tú mandas”, respondo conmovido.
Aún me dedicó otra sonrisa antes de desaparecer culebreando entre los puestos del mercado en busca de nuestra cena. No tarda en regresar con ella. Y nos ponemos en marcha.
De camino, Chi se permite sarcasmos e ironías pero es directa, sin filtros, e irradia fuerza . No flaqueó ni cuando me contó a quemarropa que ya había enterrado a uno de sus cinco hijos: “No tengo problema con la muerte, es parte de la vida”.
Chi, como tantas mujeres hmong, amanece todos los días a las tres de la mañana, cocina para toda la familia y sale a los bancales de arroz a dejarse la espalda de sol a sol.
Aun así, ha guardado energía y lucidez para aprender a chapurrear algo de inglés para apañarse con los turistas cuando baja al mercado, aunque ser guía independiente y hmong no sólo no es fácil, sino que es ilegal en Vietnam.
Las autoridades no respetan a sus minorías étnicas, y eso que le son rentables.  A veces las exhiben como a monos anillados ante los flashes de los turistas. Utilizan su fotogenia como reclamo turístico, y hasta cobran tasas a la entrada de alguna de sus aldeas más trilladas, pero ni los hmong, ni los dao, ni los giay ven un céntimo.
P1100435Además la policía les chantajea impunemente los días de mercado: dame diez dólares o te vuelco tu mercancía. Dame veinte o te la requiso.
Y claro, ni Chi, ni los hmong, ni ninguna de las minorías del noroeste vietnamita quiere saber nada de ningún gobierno ni de ningún Estado.
Su supervivencia es la crónica de una lucha casi mitológica contra dos dragones gigantes: China y Vietnam.
Primero se enfrentaron y huyeron de los han que hace 300 años invadieron sus tierras del sur de la actual China. Más tarde, ya en el siglo pasado, sufrieron las represalias de Vietnam y Laos después de que algunos hmong colaboraran con la CIA  durante la invasión yanqui. Las purgas fueron implacables. Menos de la décima parte de su población sobrevivió. Algunos miles pudieron emigrar como refugiados políticos y hoy viven diseminados por Estados Unidos, Francia, Australia y Canadá. Y los que se han quedado procuran fortalecer sus identidades en torno al comercio, pero eso al Gobierno no le interesa. Su pintoresquismo es una golosa fuente de divisas, pero prefieren que su atractivo sea sólo estético.
La Administración central ha construido colegios cerca de sus aldeas, pero ha prohibido que las minorías se expresen en su idioma. Si no fuera por la tradición oral, los niños lo conocerían todo sobre Ho Chi Minh, pero no sabrían quiénes son ni de dónde vienen. Y eso que sus diferencias son bien visibles.
P1100473Las hmong negro visten en honor a su nombre. Las dao, de rojo. Las giay de verde y añil.  Las flower hmong, de mil colores. Cada etnia cultiva sus propias costumbres y el mestizaje implica el destierro. Viven en aldeas vecinas y cada tribu habla su propio dialecto, aunque todos proceden de la misma raíz chino-tibetana.
Llegar a casa de Chi nos llevó más de veinte kilómetros y casi seis horas de tránsito memorable por cumbres rasgadas de nubes y arrozales fluorescentes.
Su marido Po nos esperaba con el resto de la familia: sus cuatro hijos, los dos perros y un puñado de pollos que entraban y salían estimulados por el picoteo que estaba al caer.
Después llegaron los vinos de arroz y el silencio más rotundo. Y el sueño inapelable bajo una mosquitera. Y luego los truenos y los relámpagos despedazando la noche.
Y uno de esos fogonazos le recordó  a mi conciencia lo que yo ya sentía: que estaba en casa.
*INFORMACIÓN PRÁCTICA
CÓMO LLEGAR: Vuelos de Madrid a Hanoi, con Qatar Airways con escala en Doha y Bangkok, desde 680 EUR. Tren nocturno de Hanoi a Lao Cai (9horas). Y furgoneta desde Lao Cai a Sapa, menos de una hora (100.000 VND).
Si alguien está interesado en pernoctar en casa de Chi le  puedo enviar su teléfono por correo privado.
SUGERENCIAS: Sapa está en el noroeste de Vietnam, en las inmediaciones de la frontera con China. Ban Pho está a unos 15 kilómetros sin rodeos al sureste, en el margen izquierdo del río Muong Hoa
El trekking es sencillo, pero es preciso llevar calzado de montaña, sobre todo en época de lluvias. Parte de Sapa, asciende a la aldea de Sa Seng, transita por las cumbres hasta Thao Hong Den. Desciende hasta el río Muong Hoa y las cascadas de Ta Chai, desde donde se retrocede a Ta Van a través de los campos de arroz hasta volver a cruzar el río y llegar a Ban Pho.
Se puede regresar a Sapa al día siguiente bordeando el río, a través de los arrozales de Lao Chai y Ylinh Ho (más turísticos). También es posible regresar en moto en un corto trayecto de cuarenta minutos.
Hay otro buen puñado de excursiones recomendables alrededor de Sapa: la ascensión al Fansipan (la cumbre más alta de Indochina, con 3142 metros); el sendero a las cascadas de Thac Bac; la visita a otras áreas rurales con diversidad étnica o a los mercados semanales, como el de Bac Ha (a tres horas de Sapa por carretera, los domingos).
Desde Sapa también es posible concertar transporte para conectar con Laos. A China se puede cruzar desde Lao Cai, con visado.
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Adiós Hanoi

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No esperaba un recibimiento así. Fue plantar los pies en Hanoi y tener a una madre emocionada colgada de mi cuello. Todo lo que sabía de su hija es que era la primera vez que regresaba a casa, que había pasado años esmaltando uñas en Londres y que estaba aturdida ante la perspectiva del reencuentro. Temía que sus dos maletas se hubieran extraviado en alguna de las dos últimas escalas y, una vez que las tuvo en la mano, era incapaz de caminar dos pasos sin enredarse con ellas.

P1100355Todo lo que hice por ella fue deslizar su trolley fucsia los treinta metros que separaban la cinta de recogida de equipajes de la puerta de salida. Al otro lado esperaba toda la familia.
Aquella madre me miraba con ojos de “vaya, esto sí que es una sorpresa“, y a ella con otros de “y cómo no me habías hablado de él antes“. En éstas, me presenta a su padre que, como su hermano mayor, me escruta como quien sospecha de su contrincante en una partida de mus, mientras otro hermanito, primo o qué sé yo me da vueltas divertido con las orejas tiesas.
El motor del coche de Hien está en marcha, así que decido abandonar la escena y que sea la chica esmaltadora de uñas la que termine de explicarla.
Hien es el conductor de Rachel. Y Rachel es la francesa que dormía a mi derecha desde Doha hasta Bangkok. Rachel se perdió la entrada del boeing 777 en Mumbai, la salida del subcontinente indio sobre las palmeras de Andhra Pradesh, y no pudo jugar a adivinar dónde quedaba Rangún antes de comenzar la aproximación a Bangkok. Es profesora en el colegio francés de Hanoi, tiene dos hijos, está casada con un empleado de banca expatriado, y me ofreció su coche para acercarme al hotel.
Los tres vamos camino del centro de Hanoi, y para cuando cruzamos el río Rojo ya tengo una idea aproximada del árbol genealógico de Hien. Acaba de ser abuelo y eso le anima a dar más detalles. También he aprendido que en vietnamita cerveza se dice bia y arroz  com. Creo que con eso iré tirando.
Mientras sortea las miles de motos que nos atacan, Hien trata de vocalizar mi nombre: ro drrrrri gó, declama con la grandilocuencia con la que un contador de historias asustaría a un niño con el nombre de un dragón de mil cabezas.
La ciudad me recibe ya con los bancos cerrados y con una tormenta que anuncia los monzones del mes que viene. El agua y el gasoil convierten el asfalto en una pista de patinaje sobre la que mis chanclas se deslizan torpemente.
P1100241El old quarter es un enjambre de calles que parecen iguales y cuyos nombres suenan iguales. Nunca hay que subestimar un buen mapa, y más si no tienes ni idea de por dónde andas.
Tras describir con mis pies la traslación de una peonza me encuentra lo que busco: un cruce bia hoi donde degustar la cerveza artesana más barata del mundo.  Allí, sentados en minúsculas sillitas de plástico se reúnen vecinos, amigos, primos o desconocidos. La pasión por una buena cerveza democratiza la sociedad, nos iguala a todos. Es como la playa, en cuya orilla y en bañador cuesta distinguir  al banquero del bancario. Comparto bia y tapas con el núcleo duro del vestuario de un equipo de fútbol local: sức khòe, o sea, salud, y a brindar. Y venga a cerveza por aquí, y venga que te invito yo a otra por allá. Y súc khòe, y más súc khòe. Y que cómo jugáis. Y que , “como buenos vietnamitas, nunca damos un paso atrás”. Entonces, súc khòe otra vez, y así hasta que con buen criterio rehúso irme de karaokes con ellos. 
P1100249Al día siguiente me atrapa una frase en el templo de la Literatura: “Las personas formadas son un tesoro para el pueblo”, reza una leyenda de flores bajo la que posa un grupo de estudiantes recién graduadas, vestidas de impecable seda de colores. “Qué tenga usted un buen viaje, que disfrute de nuestro país”, acierta una a decir en  un inglés primario, como quien se aventura por un camino nunca antes explorado.
P1100364Más tarde, caminando a la altura del número 102 de Pho Hang Bac escucho los acordes de alguna música ritual. Guiado por el oído aparezco en la primera planta de un antiguo edificio colonial francés. En el umbral hay un himalaya de sandalias. Y dentro, descalzos, sentados alrededor de un abigarrado altar, hay como cincuenta familiares arropando a un chaval, que celebra su mayoría de edad. Un sacerdote ofrenda cerveza, tabaco y dólares a Buda. Me invitan a participar, observo un rato sentado en la postura del loto y la abuela del chico me da mil dongs de propina pero, previendo que aquello se puede alargar hasta el día siguiente, opto por despedirme discretamente.
Salgo a la calle y mientras camino hacia el lago Hoan Kiem me doy cuenta de que me he pasado toda mi llegada a Vietnam despidiéndome. Y me da por pensar que la vida es un poco así, que uno está marchándose desde que llega.

 

DATOS PRÁCTICOS

COMO LLEGAR: no hay vuelos directos desde España a la capital vietnamita, pero está bien conectada a través de escalas en Moscú, Doha o París.

SUGERENCIAS: Hanoi no es una ciudad monumental, pero respira una atmósfera mucho más relajada que Saigon. El barrio antiguo y sus mercados merecen ser paseados sin prisas. Los puestos callejeros sirven pho delicioso y cerveza barata. Desde Hanoi se puede enlazar con las montañas del norte, la bahía de Halong o el área de Ninh Binh.

Crece la hierba en Camboya

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Es la primera vez que el tipo que tengo delante me confiesa haber matado a otros hombres. Y nadie lo diría al verle con esa amplia sonrisa franca y generosa y esos ojos que no dejan de velar por mi bienestar.  La tele del merendero de palma donde estábamos comiendo está reponiendo un documental. De repente aparece  un jovencísimo Pol Pot, con pose de caudillo emergente y anacrónico. Pros  me mira y escenifica con sus manos el movimiento de una ráfaga de disparos.  “¿Tú también has disparado?”, intervengo señalando alternativamente la tele y el improvisado fusil que dibujan sus manos. “Claro que he disparado”, asiente. ” Y mucho. He matado a mucha gente”, añade con la naturalidad y el aplomo del que lo volvería a hacer. Desplazo mi atención del té que compartimos para clavar mis ojos en los suyos. Así me quedo un rato. Creo que busco un rastro de pena, algún matiz que suavice su revelación, pero no asoma en su mirada un atisbo de arrepentimiento.

P1120002Pros y yo sólo llevamos un par de días recorriendo juntos los templos de Angkor  en su tuk tuk, pero ya nos apreciamos. Quedamos al alba y nos despedimos con el sol ya camino de otras latitudes. No me llevó ni un minuto saber que era de fiar. Y no tardé ni cinco en tenerle afecto. Ahora lo admiro, porque una cosa es leer acerca de un exterminio, otra sufrirlo, y otra combatirlo para sobrevivirlo.
Tiene cinco hijos y ya peina canas, y como casi todos los que peinan canas en Camboya no sabe leer ni escribir, porque Pol Pot le arrancó de la escuela 24 horas después de instaurar su régimen de terror.
El Hermano Número 1 cerró los colegios y los hospitales. Prohibió la moneda y el comercio. Abolió la religión y persiguió cualquier manifestación artística. Voló los puentes y sembró de minas las fronteras para disuadir a los escapistas del horror. Y declaró enemigos del Estado a los habitantes de las ciudades. Dio tres días de plazo para vaciar todos los núcleos urbanos y desgajó con meticulosidad cada familia. Querer a tus hermanos estaba prohibido. El único afecto obligatorio era el que te vinculaba al Estado. Así que cada niño fue enviado a un campo de trabajo diferente, lo más distante posible de su familia, y en severas condiciones de malnutrición. Pros, que era de Phnom Penh, acabó en los arrozales del norte, y no volvió a ver a sus padres.
Pol Pot marcó la línea de un vacío generacional. En Camboya no quedan viejos, ni durante años ha habido maestros, abogados ni médicos. El conocimiento estaba bajo sospecha. Era contrarrevolucionario. La lógica de su Estado paranoide preveía la pena capital para cualquiera sospechoso de ostentar algún saber:  hablar otro idioma, llevar gafas o tener las manos suaves eran inconcebibles indicios de cultura que conducían a la tortura y a la muerte.
Según sus criterios, el propio Pol Pot debería haber sido ajusticiado varias veces porque había sido formado en el budismo, estudió en la Sorbona, fue profesor  y hablaba francés.
Centro de detención y tortura de Tuol Sleng. Phnom penh.

Centro de detención y tortura de Tuol Sleng.

En aquel 1975, año cero de los jemeres rojos, había ocho millones de camboyanos. Sólo cinco millones sobrevivían tres años y nueve meses después. Y hoy siete de cada diez tienen menos de treinta años. Así que Pros es casi una rareza.

Tuvo que empuñar un M16 cuando aún era un crío. Deshidratado y mal alimentado, a duras penas aguantaba las marchas por la selva con sus cinco kilos de peso al hombro. Pero “tenía que hacerlo”, como tuvo que aceptar a los vietnamitas, enemigos históricos, como aliados en su lucha contra la barbarie.
En aquellos tiempos cada camboyano vivía con un cuenco de arroz al día. Cualquier argucia para arañar otro puñado acarreaba la pena de muerte. La tuya, y la de todos tus familiares, incluidos los bebés. Así evitaban los jemeres rojos enfrentarse años después a desairados adolescentes  con afán de venganza. Y así, producto del miedo y la necesidad, se propagó el canibalismo.
La Phnom Penh que ya no vio Pros se vació de vida y se llenó de precadáveres. La escuela católica de Tuol Svai Prey se convirtió en el centro de detención y tortura S 21. Las antiguas aulas se llenaron de presos de cualquier edad y condición. Sobre algunos pesaba una orden de arresto por el motivo más peregrino. Otros eran delatados por sus propios familiares o vecinos al ser torturados.  Otros, sencillamente pasaban por ahí. Como luego reconoció el carcelero Him Huy: “Es mejor arrestar erradamente que liberar erradamente”.
Cuando el preso traspasaba el umbral de alambre de la entrada perdía cualquier derecho sobre si mismo. Tenía prohibido hablar, pensar o dolerse cuando recibía latigazos y descargas eléctricas.
Los seis supervivientes del S21.

Los seis supervivientes del S21.

Por el centro de interrogación pasaron casi 15.000 desgraciados. Poco más de 200 fueron absueltos. Sólo seis adultos sobrevivieron. ¿Su mérito? Tener conocimientos de fotografía para ilustrar el inventario de horrores que los soldados perpetraban.

La prisión, hoy Museo del Genocidio Tuol Sleng, alberga en sus galerías el retrato y la cronología de torturas de cada mártir: ancianos, estudiantes, mujeres y bebés. Algunos miran horrorizados al objetivo. Otros, gente del campo, hasta sonríen. Seguramente era la primera vez que posaban ante una cámara. Y la última.
El que no moría en Tuol Sleng era trasportado como ganado 15 kilómetros más allá, al campo de exterminio de Choueng Ek.
El árbol del exterminio de bebés.

El árbol del exterminio de bebés.

Allí la muerte alcanzó dimensiones industriales. Los soldados mataban de día y de noche. Hacían turnos para que su productividad no decayera. La luz nunca se apagaba. Los altavoces escupían himnos revolucionarios las 24 horas del día para ahogar el estruendo de los disparos.  Aunque, como la munición era cara, muchas veces  ajusticiaban a los reos a golpes con lo que tuvieran más a mano: desde una estaca a cualquier apero de labranza. Con los bebés era más sencillo: los agarraban de las piernas y golpeaban su cabeza contra un árbol.

Así aniquilaron a 20.000 personas, que luego yacían adunadas en fosas comunes que se quedaban pequeñas. Cuando los vietnamitas liberaron el campo encontraron un espectáculo dantesco: en su proceso de descomposición, los miles de cadáveres amontonados liberaron gases que abultaron la superficie hasta quebrarla. Entonces la tierra empezó a vomitar restos humanos que caían por todas partes impregnando de un hedor descomunal a varios kilómetros a la redonda.
Occidente calló porque era cómplice. Pol Pot nunca hubiera alcanzado el poder si Estados Unidos no hubiera bombardeado el este de Camboya durante los años anteriores a su desfile triunfal por Phnom Penh. Sobre las aldeas fronterizas con Vietnam cayeron el equivalente a cinco hiroshimas que mataron a  un millón de campesinos. Nixon y Kissinger no perdonaban la neutralidad de Camboya durante la invasión de Vietnam. Y la destrucción que sembraron fue el caldo de cultivo idóneo para que germinara el maoísmo radical de los jemeres rojos, que hasta ese momento no tenían ningún arraigo social.
P1110587Luego Reagan y Thatcher le rieron las gracias al hermano número 1 porque era el enemigo de sus enemigos, al punto de reservarle su butaca en la ONU incluso cuando, ya derrotado, se retiró a la selva con sus acólitos. Entonces los ejércitos americano y británico entrenaron a sus guerrillas en la clandestinidad. Además, el Consejo de Seguridad embargó económicamente a la nueva y traumatizada Camboya. Y, según documentos recientemente desclasificados por el Gobierno de Washington, Reagan financió secretamente a los jemeres rojos hasta 1986 con 85 millones de dólares en concepto de, cruel ironía, ayuda humanitaria. 
Así que uno de los mayores genocidas de la Historia nunca fue juzgado, y murió plácidamente en 1998 mientras dormía en su cabaña de madera próxima a la frontera con Tailandia, acompañado por su segunda mujer y su hija menor.
La ONU esperó a que murieran la mayor parte de los mandos de la antigua Kampuchea para nombrar un tribunal que investigara sus matanzas.
Hoy, sólo Kaing Guek Eav, alias Duch, ha sido condenado. Era el director del S21 y vivía ya con otra identidad y convertido al cristianismo, dando clases de matemáticas en una aldea. Sus alumnos lo adoraban y lo llamaban “el gran maestro”. Una mañana Duch leyó en la prensa la última entrevista de Pol Polt, en la que negaba la existencia de los centros de tortura. Atormentado, llamó a un periodista británico para contar toda la verdad. Fue retenido casi diez años sin juicio hasta que el tribunal internacional lo condenó en 2009 a cadena perpetua.
Los jemeres rojos que no han muerto tienen alzheimer, y los que no, dicen que ya no recuerdan nada. El hermano número 2 le dijo el mes pasado al tribunal: “Somos responsables y sentimos el sufrimiento que hemos causado, pero no teníamos conocimiento de las condiciones en las que vivía nuestro pueblo”.
Han pasado más de treinta años. A Pros le quedan los recuerdos y las ausencias. Y un par de rastros de hierro incandescente en su piel. Y cinco hijos que van a la escuela.

*INFORMACIÓN PRÁCTICA

CÓMO LLEGAR: Camboya está en el sudeste asiático. A Phnom Penh, vuelan varias compañías: Qatar Airways, Vietnam Airlines o Fly Emirates. Los campos de exterminio de Choueng Ek están a las afueras de la capital y una empresa privada japonesa se ha hecho con su gestión, lo que ha encarecido notablemente su acceso. El centro de detención de Tuol Sleng está en el centro de la ciudad, a poca distancia del mercado ruso.

SUGERENCIAS: Hay vestigios de todos los conflictos que ha sufrido Camboya por todo el país. De hecho, cada día se encuentran, explosionan o desactivan tres minas antipersona. Pros vive en Siem Reap y es posible contratarlo durante días enteros para explorar los templos de Angkor y sus alrededores.

Rameswaram, de boda celestial

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La Benarés del sur. Así llaman a Rameswaram.
Los libros de viajes están repletos de analogías poco elaboradas: Brujas, Amsterdam, Estocolmo y San Petesburgo son la Venecia del norte. Y Praga, Bucarest, Baku o Shanghai han sido en algún momento la París del este.
Acudir a referencias conocidas es recurrente, a veces demasiado, porque extirpan la propia identidad de la ciudad que se pretende definir.
No es éste el caso. De personalidad, Rameswaram va sobrada.
Sur de India 885La ciudad del señor Rama está en la isla de Pamban, en el Golfo de Mannar. Pertenece al estado de Tamil Nadu, y al ser una de las “cuatro moradas divinas” del Char Dham está bien conectada con las principales ciudades del sur de India. Pero llegar a ella durante el Thiru Kalyanam se convierte en una epopeya propia del Ramayana.
Que Parvati, la hija del dios Himalaya, seduzca con su disciplina, valor y compasión a Siva, el dios creador y destructor del universo; y que después hagan el amor durante cien años seguidos, merece ser celebrado. Así que durante algunos días de julio y agosto cientos de miles de devotos de toda la India festejan su matrimonio celestial.
Sur de India 921Antes de llegar a la ciudad santa los peregrinos cruzan el mar a través del puente que Rajiv Gandhi construyó en memoria de su madre asesinada. Desde él tienen su primera visión de la isla, con la luz del trópico cayendo a plomo sobre el mar de Bengala, celeste y calmo, salpicado por modestas barquitas de madera. A la derecha hay una playa de arena blanca, con cabañas de hojas de palmera. Y más allá se adivina ya la costa de Sri Lanka.
Hace calor, y la humedad hace más denso en el aire el olor a pescado seco.
Los autobuses descargan en la estación, aún a dos kilómetros de Rameswaram y de su gran atracción: el templo de Ramanathaswamy.
Para encontrar una habitación de hotel tienen que alinearse un par de planetas, o que Siva te envíe al encuentro de los únicos cuatro extranjeros que hay en la ciudad, y que buscan desesperadamente a dos viajeros más para terminar de pagar el último apartamento libre. Su balcón se asoma al puerto, que esos días es una inmensa letrina.
Resulta que un buen día Rávana raptó a Sita, mujer de Rama, y se la llevó a su reino de la isla de Lanka.
Rama entonces pidió fuerza a Siva para recuperarla y envió a una legión de hombres mono comandados por Hanumán para recuperarla.
El ejército de homínidos sembró de rocas los treinta kilómetros de mar que les separaban de la costa de la actual Sri Lanka. De aquel camino,  llamado después el “puente de Adán”, sólo quedan hoy los arrecifes y bancos de arena que no devastaron los ciclones de los años sesenta, pero a Rama le sirvió entonces de pasarela para recuperar a su mujer y para dar muerte a su captor.
Pero como Rávana era bisnieto de Brahma, Rama tuvo que expiar su culpa en agua sagrada. Y como además le estaba muy agradecido a Siva mando a Hanumán ir al monte Kailash, en el actual Tibet, a buscar un lingam (símbolo del falo) para honrar a su dios salvador.
En el lugar donde Rama se postró ante Siva se levanta hoy el templo.
Sur de India 879Me falta conocimiento y sensibilidad para alcanzar a comprender la carga de profundidad que contienen las sagradas escrituras, pero doy fe de la devoción con la que acuden shivaitas y vaishnavas de todo el país a rendir culto a uno de los principales lingam de Siva, y a sumergirse en los 22 pozos de agua del templo.
Entrar en el recinto sagrado durante el día central de la fiesta es imposible. Y caminar a su alrededor, casi también. En la víspera, las plegarias lo inundan todo desde primera hora de la tarde y hasta la madrugada.
Los peregrinos van y vienen empapados en sudor y en el agua de los thirtams. Caminan por un laberinto de pasillos, flanqueados por más de mil columnas de granito que sostienen coloridos mandalas.
Los brahmanes engalanan a sus deidades con guirnaldas de flores blancas y naranjas, y les ofrecen leche y frutas mientras entonan mantras. Un elefante aparece y desaparece entre los claroscuros que dibuja el incienso. Y, de repente, atrona un estruendo de cornetas, címbalos y tambores que abren  paso a Nandi, el toro de oro que custodia a Siva.Sur de India 908Fuera, la marea humana anega todos los rincones. Los peregrinos se hacinan en cualquier parte para cualquier cosa. Familias enteras duermen al raso bajo los cuervos. Las que han llegado antes, a la sombra de los muros dravídicos del templo; las últimas, entre la basura y las cabras y las gallinas que husmean en ella. Huele a biryani, a salitre y a mierda.
El frenesí está de vuelta antes de que el sol asome por el mar de Bengala.  La marabunta invade la playa para el holy deep. Los saris motean el agua de mil colores. La marea devuelve a la arena los que el fervor y la corriente han extraviado.
En la orilla, un puñado de brahmanes ofician pujas.  Quiebran cocos contra el suelo como el que despedaza su propio ego. Ofrecen al Señor alimentos, flores y agua. Y esparcen polvo de cúrcuma y pasta de sándalo.
Muchos devotos guardan agua de mar. La derramarán en el Ganges si la vida se lo permite. Otros vierten sobre el Indico la que traen de Benarés. Hay quien piensa que ninguna peregrinación a ninguna de las dos ciudades está completa sin ir a la otra.
Después de todo, puede que los libros de viajes, en este caso, tengan algo de razón.

INFORMACIÓN PRÁCTICA

CÓMO LLEGAR: el aeropuerto internacional más cercano es el de Chennai, la capital de Tamil Nadu, a unos 550 kilómetros. Desde ahí, hay conexión por tren y autobús (12 horas). Sin embargo es recomendable visitar de camino lugares como Mahabalipuram, Thanjavur, Trichy (a 7 horas en autobús directo) o Madurai, a cuatro horas.

SUGERENCIAS: el alojamiento es básico. Fundamentalmente está destinado a hospedar peregrinos. Si se desea viajar coincidiendo con el Thiru Kalyanam es recomendable reservar con antelación. Para huir del bullicio existen playas situadas en el extremo opuesto al nucleo urbano de Rameswaram. Hace tiempo que se especula con la posibilidad de unir en ferry la isla con Sri Lanka.