Archivo de la categoría: Tanzania

Los hadzabe

Estándar
Cazadores hadzabe.

Cazadores hadzabe del noroeste de Tanzania.

Para encontrar a los hadzabe en la estación seca hay que tragar polvo. La última etnia cazadora-recolectora de África se mueve por la zona más árida del valle del Rift, entre el lago Eyasi y el valle de Yaeda, en el norte de Tanzania.

No hay más forma de llegar a ellos que aventurarse por tortuosas pistas de piedra y tierra que desaparecen cuando llueve. Es una zona extremadamente agreste, no apta para la vida humana, salvo que no hayas perdido los hábitos y costumbres de sus primeros moradores, los que nos dieron origen a todos hace cientos de miles de años.
También hay que tener suerte, porque los hadzabe son nómadas y levantan sus asentamientos con frecuencia.
Por ejemplo, si alguien cae enfermo y muere, asocian el mal con el lugar donde se contrajo, así que se echan sus arcos al hombro y buscan otras acacias y otros baobabs donde acampar. No tienen más propiedades ni apegos. Viven en la tierra y de la tierra. Se sienten libres.
Los hadzabe habitan en arbustos o, como mucho, tejen una suerte de nidos terrestres con las ramas y cortezas que tienen a mano.
Se comunican chascando la lengua como los bosquimanos del Kalahari, se visten con pieles curtidas y se adornan con collares de semillas. Tienen la intuición de un chacal y el ingenio de un babuino. Saben vislumbrar los peligros y conocen su medio.
Mujeres hadza buscando ratas para el almuerzo.

Mujeres hadza buscando ratas para el almuerzo.

Con las primeras luces del día se reúnen en pequeños grupos de cuatro o cinco. Por aquí, los jóvenes cazadores tensando sus arcos con ramas de kongolo; por allí algunas mujeres fumando cannabis antes de salir en busca de alimento; y, revoloteando alrededor, niños que miran curiosos mi curiosidad.

Es una visión onírica. Delante tienes a seres tan contemporáneos como tú y como yo, pero nuestro imaginario les asocia con lo que nos contaron de los primeros homo sapiens.
Todos los misioneros cristianos que quisieron evangelizarlos pincharon en hueso. Todas las maniobras de todos los gobiernos por censarlos y controlarlos han sido en vano. Los hadza se muestran orgullosamente incivilizados, no sedentarizados ni sujetos a ninguna lógica deshumanizadora.
Conforman una sociedad igualitaria que cada día repite la misma liturgia.
Las mujeres recolectan. Buscan tubérculos, larvas de insectos, miel o frutos de baobab. Y cavan hoyos junto a las madrigueras en busca de ratas.
Los hombres cazan. Salen con el sol, y caminan con sus perros famélicos en busca de todo lo que respire.

Joven arquero hadzabe con su presa.

Untan la punta de alguna de sus flechas con sabia de kudu, altamente tóxica, por si encuentran un animal grande. Cuando hay suerte, toda la comunidad se traslada durante días al lugar donde yace el cadáver hasta que acaban con él.

Esta mañana el más joven de los arqueros sólo ha podido ensartar un par de flechas a algunos pájaros que eran todo huesos. Después los han engullido casi sin pasar por el fuego, con plumas y todo.
También son carroñeros. Una mujer ha descubierto tras un matorral los restos de unas vísceras dejadas por otro animal saciado durante la noche, y no ha dudado en tomarlas como guarnición.
Y es que los hábitos alimenticios de la tribu han cambiado, y para mal.
Hasta hace medio siglo su etnia campaba a sus anchas por el Ngorongoro.
Comían antílopes, cebras, impalas y todo lo que ofrecía uno de los lugares de vida salvaje más desbordante del planeta.
Con la instauración de los parques nacionales se acabó la fiesta. Los hadza fueron desterrados sistemáticamente de todos los lugares que ocupaban. Hace sólo seis años el Gobierno tanzano alquiló 6.500 kilómetros cuadrados para que la familia real de los Emiratos Árabes luciera chilaba e hiciera deporte matando animales salvajes que luego nadie comía.
Hoy los hadzabe están en peligro de extinción.
Dice el arqueólogo, naturalista y escritor Jordi Serralonga que sólo quedan unos 400, diseminados en comunidades de unos veinte miembros.
Y su mayor amenaza ya no son los grandes predadores, ni el afán aniquilador de algunos gobiernos.
Ahora el peligro que pone en riesgo su existencia no tiene cara ni ojos, pero sí tentáculos invisibles: el turismo.
Su atavismo atrae cada vez a más viajeros. Con ellos, a veces, llegan los dólares. Y con los dólares, el consumo.
Algunos hombres hadza han descubierto el alcohol en los mercados de otras etnias, y han pagado por mantener relaciones sexuales con otros hombres y mujeres de otras tribus. Así han brotado enfermedades de transmisión sexual que antes no conocían y que, en una comunidad del África remota, son mortales. ¿Cómo sobrevivir? Hay un proverbio hadzabe que dice el futuro es el pasado.

INFORMACIÓN PRÁCTICA

*CÓMO LLEGAR: La localidad con el aeropuerto más cercano es Arusha (Kilimanjaro International Airport). Qatar Airways y Fly Emirates vuelan a partir de 800 euros con escala en Doha y Dubai respectivamente. También hay conexiones con KLM vía Amsterdam o Egiptair, vía El Cairo. Desde Arusha hay que tomar la A-104 con dirección al lago Manyara y, desde ahí, al lago Eyasi.

*SUGERENCIAS: Es necesaria la ayuda de un guía local para localizar los asentamientos nómadas. El acceso sólo es posible con vehículos 4×4 o con camiones especialmente preparados. Conviene llegar al amanecer para salir a cazar con ellos. Desde España, agencias especializadas como Kananga pueden incluir una visita a los hadzabe dentro sus recorridos overland por Tanzania.

Anuncios