Archivo de la etiqueta: Vietnam

En tierra hmong

Estándar
Chi, a la derecha.

Chi, a la derecha.

Atisbar  la silueta de las montañas de Sapa emergiendo entre la niebla es terapéutico.
Tras nueve horas pegando botes en el coche cama que viene de Hanoi; después de lidiar con los comisionistas que controlan la conexión por carretera desde Lao Cai; y de asistir, curva-va-curva-viene, al vómito de dos de los aldeanos que iban enlatados en mi furgoneta, contemplar cómo  los Alpes Tonkineses se asoman al mercado del pueblo mientras desayuno arroz especiado envuelto en una hoja de banano es todo lo que necesito.
En esas estoy cuando aparece Chi.
– “¿Acabas de llegar?”
Delante tengo una mujer menuda y resuelta. Lleva un vestido de cáñamo con ribetes de colores en las mangas, como todas las de la etnia hmong . Recoge su cabello negro y torrencial  bajo un sombrero circular y tiene mirada de búfalo de agua.
– “Sí, y no veo el momento de salir a caminar”, respondo señalando las cumbres que nos rodean.
P1100428– “Entonces vente a Ban Pho”, me espeta sin pestañear. “Es una aldea tan pequeña que no aparece en muchos mapas.  Está al otro lado del valle y, para llegar, hay que atravesar campos de arroz y una cascada. Además no hay turistas”.
– “Hecho”, me desarma su persuasión.
– “¿Te gusta el pollo? ¿lo prefieres con patatas o me dejas cocinarlo a mi estilo?, me pregunta exhibiendo una gran sonrisa.
– “Estoy en tus manos. Tú mandas”, respondo conmovido.
Aún me dedicó otra sonrisa antes de desaparecer culebreando entre los puestos del mercado en busca de nuestra cena. No tarda en regresar con ella. Y nos ponemos en marcha.
De camino, Chi se permite sarcasmos e ironías pero es directa, sin filtros, e irradia fuerza . No flaqueó ni cuando me contó a quemarropa que ya había enterrado a uno de sus cinco hijos: “No tengo problema con la muerte, es parte de la vida”.
Chi, como tantas mujeres hmong, amanece todos los días a las tres de la mañana, cocina para toda la familia y sale a los bancales de arroz a dejarse la espalda de sol a sol.
Aun así, ha guardado energía y lucidez para aprender a chapurrear algo de inglés para apañarse con los turistas cuando baja al mercado, aunque ser guía independiente y hmong no sólo no es fácil, sino que es ilegal en Vietnam.
Las autoridades no respetan a sus minorías étnicas, y eso que le son rentables.  A veces las exhiben como a monos anillados ante los flashes de los turistas. Utilizan su fotogenia como reclamo turístico, y hasta cobran tasas a la entrada de alguna de sus aldeas más trilladas, pero ni los hmong, ni los dao, ni los giay ven un céntimo.
P1100435Además la policía les chantajea impunemente los días de mercado: dame diez dólares o te vuelco tu mercancía. Dame veinte o te la requiso.
Y claro, ni Chi, ni los hmong, ni ninguna de las minorías del noroeste vietnamita quiere saber nada de ningún gobierno ni de ningún Estado.
Su supervivencia es la crónica de una lucha casi mitológica contra dos dragones gigantes: China y Vietnam.
Primero se enfrentaron y huyeron de los han que hace 300 años invadieron sus tierras del sur de la actual China. Más tarde, ya en el siglo pasado, sufrieron las represalias de Vietnam y Laos después de que algunos hmong colaboraran con la CIA  durante la invasión yanqui. Las purgas fueron implacables. Menos de la décima parte de su población sobrevivió. Algunos miles pudieron emigrar como refugiados políticos y hoy viven diseminados por Estados Unidos, Francia, Australia y Canadá. Y los que se han quedado procuran fortalecer sus identidades en torno al comercio, pero eso al Gobierno no le interesa. Su pintoresquismo es una golosa fuente de divisas, pero prefieren que su atractivo sea sólo estético.
La Administración central ha construido colegios cerca de sus aldeas, pero ha prohibido que las minorías se expresen en su idioma. Si no fuera por la tradición oral, los niños lo conocerían todo sobre Ho Chi Minh, pero no sabrían quiénes son ni de dónde vienen. Y eso que sus diferencias son bien visibles.
P1100473Las hmong negro visten en honor a su nombre. Las dao, de rojo. Las giay de verde y añil.  Las flower hmong, de mil colores. Cada etnia cultiva sus propias costumbres y el mestizaje implica el destierro. Viven en aldeas vecinas y cada tribu habla su propio dialecto, aunque todos proceden de la misma raíz chino-tibetana.
Llegar a casa de Chi nos llevó más de veinte kilómetros y casi seis horas de tránsito memorable por cumbres rasgadas de nubes y arrozales fluorescentes.
Su marido Po nos esperaba con el resto de la familia: sus cuatro hijos, los dos perros y un puñado de pollos que entraban y salían estimulados por el picoteo que estaba al caer.
Después llegaron los vinos de arroz y el silencio más rotundo. Y el sueño inapelable bajo una mosquitera. Y luego los truenos y los relámpagos despedazando la noche.
Y uno de esos fogonazos le recordó  a mi conciencia lo que yo ya sentía: que estaba en casa.
*INFORMACIÓN PRÁCTICA
CÓMO LLEGAR: Vuelos de Madrid a Hanoi, con Qatar Airways con escala en Doha y Bangkok, desde 680 EUR. Tren nocturno de Hanoi a Lao Cai (9horas). Y furgoneta desde Lao Cai a Sapa, menos de una hora (100.000 VND).
Si alguien está interesado en pernoctar en casa de Chi le  puedo enviar su teléfono por correo privado.
SUGERENCIAS: Sapa está en el noroeste de Vietnam, en las inmediaciones de la frontera con China. Ban Pho está a unos 15 kilómetros sin rodeos al sureste, en el margen izquierdo del río Muong Hoa
El trekking es sencillo, pero es preciso llevar calzado de montaña, sobre todo en época de lluvias. Parte de Sapa, asciende a la aldea de Sa Seng, transita por las cumbres hasta Thao Hong Den. Desciende hasta el río Muong Hoa y las cascadas de Ta Chai, desde donde se retrocede a Ta Van a través de los campos de arroz hasta volver a cruzar el río y llegar a Ban Pho.
Se puede regresar a Sapa al día siguiente bordeando el río, a través de los arrozales de Lao Chai y Ylinh Ho (más turísticos). También es posible regresar en moto en un corto trayecto de cuarenta minutos.
Hay otro buen puñado de excursiones recomendables alrededor de Sapa: la ascensión al Fansipan (la cumbre más alta de Indochina, con 3142 metros); el sendero a las cascadas de Thac Bac; la visita a otras áreas rurales con diversidad étnica o a los mercados semanales, como el de Bac Ha (a tres horas de Sapa por carretera, los domingos).
Desde Sapa también es posible concertar transporte para conectar con Laos. A China se puede cruzar desde Lao Cai, con visado.
Anuncios

Adiós Hanoi

Estándar

No esperaba un recibimiento así. Fue plantar los pies en Hanoi y tener a una madre emocionada colgada de mi cuello. Todo lo que sabía de su hija es que era la primera vez que regresaba a casa, que había pasado años esmaltando uñas en Londres y que estaba aturdida ante la perspectiva del reencuentro. Temía que sus dos maletas se hubieran extraviado en alguna de las dos últimas escalas y, una vez que las tuvo en la mano, era incapaz de caminar dos pasos sin enredarse con ellas.

P1100355Todo lo que hice por ella fue deslizar su trolley fucsia los treinta metros que separaban la cinta de recogida de equipajes de la puerta de salida. Al otro lado esperaba toda la familia.
Aquella madre me miraba con ojos de “vaya, esto sí que es una sorpresa“, y a ella con otros de “y cómo no me habías hablado de él antes“. En éstas, me presenta a su padre que, como su hermano mayor, me escruta como quien sospecha de su contrincante en una partida de mus, mientras otro hermanito, primo o qué sé yo me da vueltas divertido con las orejas tiesas.
El motor del coche de Hien está en marcha, así que decido abandonar la escena y que sea la chica esmaltadora de uñas la que termine de explicarla.
Hien es el conductor de Rachel. Y Rachel es la francesa que dormía a mi derecha desde Doha hasta Bangkok. Rachel se perdió la entrada del boeing 777 en Mumbai, la salida del subcontinente indio sobre las palmeras de Andhra Pradesh, y no pudo jugar a adivinar dónde quedaba Rangún antes de comenzar la aproximación a Bangkok. Es profesora en el colegio francés de Hanoi, tiene dos hijos, está casada con un empleado de banca expatriado, y me ofreció su coche para acercarme al hotel.
Los tres vamos camino del centro de Hanoi, y para cuando cruzamos el río Rojo ya tengo una idea aproximada del árbol genealógico de Hien. Acaba de ser abuelo y eso le anima a dar más detalles. También he aprendido que en vietnamita cerveza se dice bia y arroz  com. Creo que con eso iré tirando.
Mientras sortea las miles de motos que nos atacan, Hien trata de vocalizar mi nombre: ro drrrrri gó, declama con la grandilocuencia con la que un contador de historias asustaría a un niño con el nombre de un dragón de mil cabezas.
La ciudad me recibe ya con los bancos cerrados y con una tormenta que anuncia los monzones del mes que viene. El agua y el gasoil convierten el asfalto en una pista de patinaje sobre la que mis chanclas se deslizan torpemente.
P1100241El old quarter es un enjambre de calles que parecen iguales y cuyos nombres suenan iguales. Nunca hay que subestimar un buen mapa, y más si no tienes ni idea de por dónde andas.
Tras describir con mis pies la traslación de una peonza me encuentra lo que busco: un cruce bia hoi donde degustar la cerveza artesana más barata del mundo.  Allí, sentados en minúsculas sillitas de plástico se reúnen vecinos, amigos, primos o desconocidos. La pasión por una buena cerveza democratiza la sociedad, nos iguala a todos. Es como la playa, en cuya orilla y en bañador cuesta distinguir  al banquero del bancario. Comparto bia y tapas con el núcleo duro del vestuario de un equipo de fútbol local: sức khòe, o sea, salud, y a brindar. Y venga a cerveza por aquí, y venga que te invito yo a otra por allá. Y súc khòe, y más súc khòe. Y que cómo jugáis. Y que , “como buenos vietnamitas, nunca damos un paso atrás”. Entonces, súc khòe otra vez, y así hasta que con buen criterio rehúso irme de karaokes con ellos. 
P1100249Al día siguiente me atrapa una frase en el templo de la Literatura: “Las personas formadas son un tesoro para el pueblo”, reza una leyenda de flores bajo la que posa un grupo de estudiantes recién graduadas, vestidas de impecable seda de colores. “Qué tenga usted un buen viaje, que disfrute de nuestro país”, acierta una a decir en  un inglés primario, como quien se aventura por un camino nunca antes explorado.
P1100364Más tarde, caminando a la altura del número 102 de Pho Hang Bac escucho los acordes de alguna música ritual. Guiado por el oído aparezco en la primera planta de un antiguo edificio colonial francés. En el umbral hay un himalaya de sandalias. Y dentro, descalzos, sentados alrededor de un abigarrado altar, hay como cincuenta familiares arropando a un chaval, que celebra su mayoría de edad. Un sacerdote ofrenda cerveza, tabaco y dólares a Buda. Me invitan a participar, observo un rato sentado en la postura del loto y la abuela del chico me da mil dongs de propina pero, previendo que aquello se puede alargar hasta el día siguiente, opto por despedirme discretamente.
Salgo a la calle y mientras camino hacia el lago Hoan Kiem me doy cuenta de que me he pasado toda mi llegada a Vietnam despidiéndome. Y me da por pensar que la vida es un poco así, que uno está marchándose desde que llega.

 

DATOS PRÁCTICOS

COMO LLEGAR: no hay vuelos directos desde España a la capital vietnamita, pero está bien conectada a través de escalas en Moscú, Doha o París.

SUGERENCIAS: Hanoi no es una ciudad monumental, pero respira una atmósfera mucho más relajada que Saigon. El barrio antiguo y sus mercados merecen ser paseados sin prisas. Los puestos callejeros sirven pho delicioso y cerveza barata. Desde Hanoi se puede enlazar con las montañas del norte, la bahía de Halong o el área de Ninh Binh.